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Uno de los muchos desenlaces importantes de las jornadas de este 2022 es la evaporación de la Coalición Centro Esperanza (CCE). De potencia electoral y tercero en la liza en 2018, pasó a la marginalidad -un estado del que parece poco probable que salga pronto-.
Importante, y también sorprendente. Al fin y al cabo, analistas bastante serios le pronosticaban un futuro brillante. Colombia tiene una larga tradición centrista, aducían; y en las encuestas el número de personas que se identifican como de centro siempre resultan ser mayoría. Ninguna de estas aseveraciones es falsa o irrelevante. ¿Por qué entonces estas ventajas no se tradujeron en éxitos reales? ¿Y por qué se hundió el proyecto de la manera vertiginosa en que lo hizo?
Aquí voy a proponer algunas hipótesis para explicar el Titanic centrista. No lo voy a hacer con “rabia en el corazón”, para usar una expresión cara a Ingrid Betancourt. Tampoco me centraré en los temas de egos y personalidades que tanto han preocupado, por buenas razones, a los comentaristas de nuestra política. Las soberbias mal administradas y el ánimo pendenciero sí que pesaron en la catástrofe del proyecto, pero argumentaré aquí que hubo problemas más de fondo, de los que en cierto sentido los zipizapes de la dirigencia son apenas una expresión: un relato identitario mal construido, un diagnóstico equivocado del estado de ánimo del país y una propuesta profundamente autorreferida. Veamos cada uno de estos aspectos por separado.
1. Relato identitario. El relato identitario básico de la CCE consistía en la superación de la polarización y en proponer una alternativa de cambio tranquilo y viable. Pero esto no la diferenciaba en nada de la larga tradición bipartidista colombiana, que ha sido muy centrista. De hecho, pese a tener importantes personeros de ella (De la Calle, Cristo) no conozco ninguna reflexión, o siquiera referencia, a su existencia. La CCE podía haber aparecido en Perú, Suiza o Cafarnaúm.
Claro, sus miembros sabían que a millones de electores el centrismo histórico no les gustaba mucho. Así que, en lugar de tomar posición frente a él, empezaron a darle cada vez más importancia a un nuevo relato: el de la pureza.
Ahora bien, centrismo y cambio tranquilo, por un lado, y pureza, por el otro, constituyen la peor combinación posible. Las agendas de denuncia de los “malos” se basan en la promoción de pasiones violentas, algo que no parece muy compatible con la ecuanimidad que se suponía encarnaría la coalición. También ponía en entredicho la posibilidad de establecer alianzas con otras fuerzas, que se consideraban irreparablemente manchadas. Más aún, mientras algunas de ellas -Pacto Histórico y también de hecho Equipo por Colombia- buscaban moderar sus propuestas, para atraer a aliados e indecisos, la coalición les cerraba la puerta en las narices (y también sometía a algunos de sus propios miembros a exámenes de pureza).
En su práctica, sus líderes parecían mucho más intemperantes y agresivos que esos “extremos” a los que estaban criticando. Y, pese a la consigna despolarizadora, compraban broncas acaloradas que escapan a la comprensión hasta de los especialistas (con Quintero, en Medellín, etc.). ¿Por qué estaba permitido polarizar con “x” o “y” figura local o regional, y no con otros? Súmese a esto la pugnacidad de gallito de pelea de algunos de sus líderes más reconocidos, para entender por qué pocos pudieron asociar ponderación y CCE.
¿Qué tan centristas eran estos tipos y tipas que afirmaban, a menudo a los gritos, ser más puros y mejores que los demás? Separada de cualquier relación con el pasado -la tradición centrista realmente existente del país-, y de cualquier relación con lo que estaba sucediendo en el presente -como la convergencia hacia el centro de algunos de sus competidores claves-, la identidad de la coalición terminó diluyéndose. Algo de esto se trató de solucionar con el lema de la oposición al populismo, pero miren ustedes dónde terminó este último discurso.
2. Diagnóstico equivocado. Pero, además, tomar la idea de la polarización como el núcleo de la propuesta no constituyó, ni creo que pudiera hacerlo, una apelación convincente para los electores colombianos. Si se trataba o no de un diagnóstico correcto de los problemas del país es otra cuestión. Creo que era groseramente errado, y en realidad una expresión en clave para no molestar al uribismo. Pero esa es otra cuestión. Aquí me estoy limitando a la explicación del fracaso electoral.
No es que los colombianos necesariamente se hubieran radicalizado en masa. Ciertamente, el electorado de izquierda ha crecido mucho, pero esto puede coexistir cómodamente con una autoidentificación como centrista. Pensaría en cambio que muy, muy pocos electores sentían que la “polarización” estuviera entre sus principales problemas. En un país con penurias, incertidumbres, precariedades y violencias en aumento, eran estas las que hubieran debido ser el foco de atención, no la “peleadera” en la cúspide. Con el agravante de que esta versión del centrismo no es que fuera muy ejemplar en términos de superarla; como sabemos, resultó siendo la peor alternativa de todas en este aspecto específico.
Con un agravante, y es que al arroparse con la bandera de la lucha contra la polarización -que les movía el corazón a muy pocos, solo en ciertos círculos sociales muy pequeños- Fajardo se metió en una dura trampa electoral. Sus votantes de centro-izquierda en las grandes ciudades esperaban señas claras de crítica a un gobierno que se sumía en el desprestigio y que les daba bala a sus habitantes. A la vez, sus votantes y auditorios de centro-derecha querían moderación.
3. Propuesta autorreferida. La coalición contaba con un equipo técnico de primer nivel. Con gente que se había dado la pela en temas críticos, pero la campaña apenas aprovechó esto. Por ejemplo: ¿cuánto dijo sobre la paz? Poco, a pesar de tener con quién y qué enviar mensajes de fondo. Y es lógico, pues la paz polariza (en muchos países, no solo en Colombia) a veces acerbamente.
Así, la CCE no llegó de primera ni con fuerza a casi ningún tema. Dije “casi”, porque Fajardo hizo de la educación una bandera. La educación sí que está en el alma de los colombianos. Pero su campaña dilapidó este potencial patrimonio. Ilustro el punto con la cuña televisiva que se suponía culminaría la “remontada” a pocos días de la primera vuelta. Todas las lectoras han de haberla visto.
Aparecen en ella unos alumnos muy modositos, diciéndole al candidato que no votan por él porque no creen que ganará. Este a su vez les explica paciente y paternalmente, desde arriba, por qué están tan equivocados. La revelación sacude y emociona al auditorio. Esta sola imagen, paternalista, condescendiente y basada en una interpretación inverosímilmente autosatisfecha del castigo electoral que estaba sufriendo la coalición, explica mucho de su hundimiento. Hay muchos más ejemplos de la dificultad para tomar en serio las preferencias de los colombianos, en particular aquellas que no estaban alineadas con la coalición (la exigencia cómoda a las víctimas, que en Colombia son millones, de superar sus rabias, etc.).
Es cierto, Colombia tiene una larga tradición centrista, con sus puntos altos y sus Gulags. Y un amplio electorado que en muchos sentidos se puede calificar de centro.
El fracaso de una intentona no significa que estas realidades desaparezcan. El país necesita una izquierda y un centro fuertes y renovadores, así como una derecha civilizada. Las hipótesis contenidas en esta reflexión forense no pretenden ser facciosa, ni siquiera “polarizantes”; intentan más bien poner un grano de arena para avanzar hacia ese objetivo.
* Antropólogo con maestría y doctorado en ciencia política, profesor del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Naciona. Columnista de El Espectador. Profesor visitante en el London School of Economics, Yale y la Sorbona, entre otras. Autor de los libros ¿Lo que el viento se llevó? (2007), sobre los cambios en el sistema político colombiano; El orangután con sacoleva (2014), sobre la democracia y represión en Colombia entre 1910 y 2010; La destrucción de una República (2017), sobre el auge y la caída de la llamada República Liberal, y ¿Un nuevo ciclo de guerra en Colombia? (Debate 2020).