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¿Qué tan fuerte es la lucha contra la corrupción en Chile para que Colombia deba analizarla, ponerle atención y tomar ejemplos?
La lucha contra la corrupción es siempre un problema difícil de abordar. De hecho, no basta con tener reglas jurídicas, reglas legales que digan que un determinado país lucha contra la corrupción. Y tampoco basta a veces tener instituciones que se digan, que tengan ahí en su rótulo luchar contra la corrupción. El fenómeno de la corrupción es difícil de abordar, de luchar contra él, y eso es una cosa que uno debe tomar en cuenta siempre. Entonces, si en algo puede aportar el sistema chileno es que nosotros desde el primer momento hemos entendido que estos son en general problemas complejos. Y en esa complejidad son problemas donde la corrupción a veces adopta figuras complejas, figuras donde hay mucho dinero, figuras donde hay muchos abogados detrás, figuras donde hay mucha ingeniería de la corrupción. Y cuando eso sucede, abordarla y atacarla requiere herramientas igual de sofisticadas. Requiere instituciones mucho más sólidas que las que teníamos con anterioridad, requiere procedimientos más inteligentes, incentivos más pensados.
¿Tienen algún tipo de fórmula o camino?
Es que es muy difícil que alguien diga que hay una única receta para poder luchar contra la corrupción. Eso normalmente es falso y lo que hay detrás de ahí es simplemente populismo. La corrupción es un fenómeno técnico, es un fenómeno estratégico, es un fenómeno de largo aliento que requiere instituciones que tengan competencias hábiles para poder luchar contra la corrupción. Entonces, no existe una receta única. Cualquiera que diga que lo tiene, yo creo que miente.
El cambio de gobiernos en Chile y Colombia hacia proyecto más inclinados a la izquierda y al progresismo generó mucha expectativa, entre otras cosas, en lo relacionado con la lucha contra la corrupción. ¿Se está dando la talla?
Yo creo que no es correcto que un sector, sea de derecha o sea de izquierda, crea tener el remedio para la corrupción. Y, por ende, lo que viene luego es algo así como solo frustraciones. No es verdad que la derecha no luche contra la corrupción y tampoco es verdad que la izquierda sea la que tenga el monopolio moral contra la corrupción. La corrupción es un fenómeno mucho más técnico que político. Hay incentivos mucho más complejos, de mucho más largo plazo, que los cuatro años que demora una adjudicación pública o que tiene un gobierno. Hay que tener, yo creo, mucho cuidado en que la política crea ofrecer un único método, un método a veces radical para luchar contra la corrupción. Yo creo que en esto hay que dejar hablar un poco más a los organismos más técnicos, a las contralorías, a las auditorías, a las procuradurías, a los que estudian administración pública. Yo creo que ahí hay más soluciones contra la corrupción.
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¿Chile sí aplica eso?
Uno de los principales avances en materia de lucha contra la corrupción en Chile provino de una comisión técnica de universidad que ofreció un conjunto de medidas para luchar contra la corrupción. Medidas técnicas que tenían evidencia empírica, evidencia científica, y nos fueron dando herramientas para poder luchar eficientemente. En lo que sucede con Chile, yo creo que ni la izquierda puede pensar que es la única que puede luchar contra la corrupción, ni tampoco podemos pensar que la derecha no lucha contra la corrupción.
¿Usted cree que Latinoamérica sí aprendió algo del fenómeno Odebrecht?
Creo que sí. De hecho, hace algunos años los países de Latinoamérica no ponían tanta atención en la contratación pública, a pesar de que en la contratación pública se mueve una cantidad de dinero gigantesca, pero colocaban todos sus intereses en otros temas y no precisamente en la contratación. Bueno, luego del fenómeno Odebrecht sucedió que eso se transformó en un tema vital y comenzó a ser estudiado con mucha más profundidad por el derecho administrativo y por los economistas que tratan de analizar cómo hacer licitaciones públicas que sean competitivas y que no sean capturadas. Eso yo creo que trajo resultados positivos.
¿Chile es ahora menos corrupto?
Los índices internacionales de corrupción muestran que Chile es un país que tiene un índice de corrupción, digamos, no alto. Está en la parte baja de los países. En las formas de medición uno tiene que alegrarse, y de hecho muchas personas se alegran, pero el fenómeno de corrupción es mucho más delicado que determinados índices, porque no hay que olvidar que parte importante de la corrupción no se ve, hasta que se analiza y se da cuenta la gente que hay un caso de corrupción. Nosotros, por ejemplo, por mucho tiempo hemos tenido una corrupción importante en contrataciones, en actividades como la militar, en carabineros, en la policía. Tuvimos fenómenos de corrupción importantes. Esos eran fenómenos que venían desde hace mucho tiempo y simplemente no se veían. La corrupción tiene esta cosa delicada de que a veces no se ve y por eso no figura en los índices. Pero es que es un fenómeno tan complejo de tomar. Estamos conscientes de esa posición que tenemos, de que tenemos instituciones más o menos sólidas que están persiguiendo fenómenos de corrupción y que los detectan y hay sanciones frente a ello. Y eso nos tiene que poner contentos.
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En Chile, a mediados de año, estalló un escándalo que la prensa bautizó como el caso Convenios. El tema golpeó duro al gobierno del presidente Gabriel Boric, no porque estuviera involucrado, sino porque terminaron entregándosele dineros públicos a una fundación de un partido cercano al mandatario. Eso fue en junio y ya estamos en octubre. ¿Sí pasó algo?
Estos casos generan distintos efectos. Primero, en la política pública. A mí me da la impresión de que la política pública reaccionó correctamente ante este tipo de fenómenos. Y entonces se comienzan ahora a analizar todas las transferencias. Se formó, por ejemplo, una comisión especializada en este tipo de transferencias para poder generar mejoramiento en las formas en que se realizan las transferencias y en cómo se va a operar a futuro. Esa comisión propuso modificaciones reglamentarias, modificaciones legales. Quiere decir que la técnica reaccionó rápidamente ante ese fenómeno. Por otro lado, estos actos generan también efectos funcionales. Y ahí también hay sumarios administrativos que están vigentes. Además, generan, en los casos en que hay delitos, investigaciones penales que están en curso. El Consejo de Estado nuestro ya ha interpuesto dos querellas en contra de personas que han estado involucradas en esos actos de corrupción. Todo esto refleja que las instituciones funcionan, funcionan bien, y toman decisiones rápidas.
Su cargo es jurídico, no político, pero tiene posturas sobre lo que pasa en Chile. El proceso constituyente, ¿qué futuro le ve ahora con todo lo que ha pasado?
Es un proceso que aquí ha estado, yo creo, dominado por una polarización. Es un proceso polarizado al comienzo, y ahora también es un proceso que está tremendamente polarizado. Por ende, en algo han fallado esos procesos en que no han podido generar una Constitución de unión. Se suele decir que el proceso anterior generó algo así como una Constitución más de izquierdas, y es lo que está hasta el momento llevando a generar ahora una Constitución de derechas. Todo eso en un plazo menor de dos años. Eso refleja una esquizofrenia sobre nuestra reflexión constitucional, y eso me parece que es lamentable.
¿Le ha faltado manejo político al presidente Boric para calmar las aguas?
No sé si sea un manejo político. A mí me da la impresión de que ambos procesos constituyentes se han dirigido por fuerzas independientes a los gobiernos que estaban en uno u otro momento. Y eso ha tenido cierta repercusión. A mí me da la impresión de que el juicio más valorable que se ha hecho en todos estos procesos constituyentes fue aquel en el que todos los partidos se pusieron de acuerdo y construyeron junto a expertos un texto que sirvió como punta pie inicial a este nuevo proceso. Esa unión que hubo entre las fuerzas políticas, esa unión que hubo entre expertos produjo un texto bueno, que ha sido valorado por muchas personas. Y es el único que hasta el momento tiene esa característica de ser un proyecto de unión.
¿Usted cree que el hoy presidente Boric, si las elecciones se volvieran a hacer, se volvería a elegir o su llegada al poder fue producto del momento de inconformidad que había en varios países de la región?
Esa es una pregunta muy difícil que no sabría cómo responder. No sabría cómo hacer ese juicio prospectivo. Pero el presidente Boric es uno de los presidentes que ha alcanzado la más alta votación desde que hay votaciones. Entonces, yo creo que su votación fue una votación relevante, fuerte, categórica. Bueno, no sabría decir si ahora tendría la misma votación. Yo pensaría que sí.
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