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Según críticos que la recorrieron, esta exposición de fotografías de sus 26 años de presencia en las escenas de guerra, es diferente de las anteriores que ha hecho. ¿Por qué es distinta?
Tal vez porque es la más completa que haya presentado no solo sobre la guerra y la ignominia que han vivido millones de personas en Colombia, sino también sobre la humanidad y la resistencia de nuestra gente. También porque la curaduría de María Belén Sáez de Ibarra y su equipo fue muy rigurosa y permite hacer un recorrido por las salas que será muy difícil de olvidar. En Bogotá conocían algunas de mis fotografías, pero no en la dimensión de todo el trabajo realizado ni a partir de la óptica de la humillación a que han sido sometidas las víctimas: no me refiero únicamente a la que los actores armados les impusieron, sino a la que les continúa haciendo la clase política que, con excepciones, recorre el país para pedirles sus votos, pero no para asumir sus responsabilidades.
Las 500 fotografías de esta exposición son prueba fehaciente de su persistencia a la hora de acceder a los lugares que impactaba la guerra y a donde usted solía llegar antes que el Estado o la ayuda humanitaria. ¿Ser testigo inmediato del dolor humano fue un proyecto que usted se trazó conscientemente o llegó a él por azar?
Mi trabajo fotográfico es una decisión consciente desde cuando estudiaba. En el segundo semestre ya sabía que iba a contar la historia del país mediante fotografías. Y entendía que mis imágenes debían ser dignas y honestas con las personas que han sido “ninguniadas” a lo largo de los años. En aquellos momentos estaba aterrado con el exterminio de la extrema derecha contra profesores y estudiantes humanistas de la Universidad de Antioquia y de otros académicos en el resto de Colombia. Tuve mucho miedo de escribir y, entonces, afiné el ojo, el corazón y la conciencia. Eran la ética y la estética unidas para dejar una memoria digna sobre lo que he vivido como testigo, en mi condición de fotógrafo y periodista.
Los artistas suelen tener unas obras que aprecian más que otras. ¿A usted le sucede lo mismo?
Con las imágenes que hago, lo que pretendo es dejar una memoria que combata el olvido. Mis fotografías son testimonios de lo que sucedió y, en este sentido, todas son registros para la historia. Espero que quienes visitan la exposición, después de terminar su recorrido, se transformen en cuanto entiendan el compromiso que tienen con las nuevas generaciones.
En su rápido acceso a los sitios destruidos, usted ha debido encontrarse, de frente y muchas veces, con los victimarios, pero sus imágenes reflejan mucho más a las víctimas. ¿Por qué?
Es cierto que muchas de mis fotografías retratan a las víctimas porque no puedo ser inferior a ellas en una sociedad que las pisoteó y las ofendió al punto que algunos “sabios” se atrevieron a afirmar, por ejemplo, que en Colombia no había desplazados, sino “migrantes”; otros que juraron defender al pueblo, fueron sus verdugos; y unos más que negaron la guerra, sostuvieron que todo se reducía a una amenaza terrorista. Aquí hay demasiados culpables que solo ven el mal en el prójimo y que se lavan las manos con jabón poncio pilatos para evadir sus responsabilidades. Sin embargo, he fotografiado a muchas personas armadas -las que fueron victimarias-, pero no para mostrar el lado perverso que tienen, sino su lado humano: un soldado llorando, un guerrillero amando…
La exposición está dividida en salas. ¿Cuál es el sentido de esa división y cuáles aspectos del conflicto se expresan en ellas?
Mi trabajo fotográfico es una crónica muy amplia de las distintas formas de violencia que nos han afectado en medio de la belleza de un país que no deja de sorprenderme por la fuerza de su gente. Colombia no se ha derrumbado gracias a la valentía de hombres y mujeres de todos los rincones, en especial de sus campesinos. Estos, habitantes de un territorio que les fue arrebatado a sangre y fuego, han tenido la capacidad de perdonar y levantarse a pesar de los violentos y los corruptos, a pesar del olvido y la indiferencia. Las cuatro salas en que se dividió la exposición, bajo la curaduría de María Belén, se titularon con frases de fragmentos poéticos que le dan un sentido de humanidad a lo que han destruido los señores de la guerra y representan, cada una de ellas, diferentes fases del conflicto (ver parte sup. de la pág.)
Algunos espectadores dicen que a medida que iban recorriendo su exposición, se sentía un aire de respeto y estupefacción ante el dolor que se refleja ahí. ¿Sabía de este efecto tan impactante y qué piensa de las emociones que suscitan estos hechos trágicos?
No me extrañan porque nos sacude vernos dibujados en el rostro del otro sobre hechos que han pasado frente a nosotros. Y porque fueron muchos los que cerraron los ojos, los oídos y el corazón, y callaron ante el dolor de los demás. En mayo de 2001, durante una exposición de mis fotografías en el Museo de Antioquia, Pilar Velilla, directora, y Alberto Sierra, curador, me decían que iban a tener que poner cajas con pañuelos para las lágrimas. Han pasado 17 años y los dolores, en vez de cesar, se multiplicaron. Este país ni ha llorado a sus muertos ni los ha honrado. Ahora podríamos empezar a hacerlo si construimos paz.
Por mencionar una de muchas masacres, la de Bojayá dejó unas imágenes en su lente que aunque alguien se lo propusiera, no podrían eliminarse de la memoria colectiva. ¿Cómo llegó allí, cuántos días permaneció en la población y cómo pudo hacer sus fotos en medio de semejante drama?
Pude llegar a Bojayá de la mano de los misioneros de la Diócesis de Quibdó. A ellos, qué valientes, todo mi respeto por su entrega a la comunidad. Llegamos el domingo 5 de mayo (de 2002) y permanecí allí hasta el 8 de mayo. La masacre había ocurrido el 2 y habían muerto entre 74 y 119 civiles como consecuencia de la explosión de un cilindro bomba en el interior de la iglesia en donde se encontraba mucha gente. En mi trabajo no bastaba con registrar los muertos: había necesidad de acompañar a los sobrevivientes, solidarizarse con ellos y no jugar con su dolor. Era ponerme en su piel. Los bojayaseños, además, venían sufriendo desde 1997 cuando se ejecutó la operación (militar) Génesis con la presencia de grupos ilegales. Ellos saben quiénes eran y quiénes son los verdaderos perdedores.
Me ha impresionado, entre muchas otras fotografías, la de un hombre de raza negra con un bebé de apenas días de nacido, que él aprieta con sus manos y contra su pecho en gesto de protegerlo del exterior. ¿Dónde y cuándo la tomó y quién es él?
Se llama Eugenio Palacio y es, precisamente, de Bojayá. La fotografía fue tomada sobre el río Atrato, el 2 de septiembre de 2002, el día del retorno a la población. Iba con su familia en un bote llamado El Niño Chévere. Había huido con su familia y con el resto del pueblo, y su esposa estaba embarazada. Al retornar, venían con una vida nueva: la de una niña que llamaron Patricia. Mi conclusión es que el amor es más fuerte que la guerra.
Su exposición coincide con uno de los momentos más críticos del Acuerdo de Paz, cuando todo parece estar derrumbándose y cuando se percibe un rebrote de guerra. ¿Esta exposición es, por contraste, un apoyo al Acuerdo de Paz?
Siempre he respaldado los acuerdos de paz sin importar el color del partido o del gobierno que lo intente. Todo lo que signifique salvar vidas es bienvenido para mí.
¿Por qué cree que las imágenes de dolor, muerte y despojo llaman tanto la atención como la que ha tenido su exposición, en lugar de tratar de evitarlas?
No creo que en nuestro país sea muy tradicional este tipo de exposiciones. En todo caso, la mía no es sobre la muerte. Es sobre la vida y el sueño de un país que ha estado en riesgo. Hay muchos grupos de universidades y colegios esperando acordar una visita guiada y hemos recibido, después de que han escuchado lo que ahí se refleja, a magistrados de la JEP, a senadores, militares, miembros de la Comisión de la Verdad, entre otros. Además, esperamos la visita de diplomáticos europeos, de delegados de Naciones Unidas y de la Comisión de Paz del Senado.
¿A qué se debe la atracción que ha suscitado?
Creo que, como sociedad, apenas estamos entendiendo lo que nos ha pasado. Por eso esta exposición era necesaria en esta coyuntura política y en este lugar, el claustro de San Agustín, al lado de los distintos poderes (a pocos metros de la Casa de Nariño, del Congreso y del Palacio de Justicia). Se está generando una ola de visitas con una rapidez que no imaginé. Incluso de personas que han manifestado su interés en venir y que antes pertenecieron a los grupos armados ilegales.
Usted ha padecido directa o indirectamente los efectos del conflicto. ¿Cómo es la historia de su familia?
Mi abuelo, José María Colorado, y mi tío Germán fueron asesinados el 17 de agosto de 1960, por ser liberales. Mi abuela María Dolores González murió 4 meses después, el 14 de diciembre del mismo año, de pena moral, en San Carlos (Ant.). Otro tío fue asesinado y desaparecido en el Magdalena Medio para quitarle su tierra. Dos de mis primos hermanos también fueron desaparecidos. Uno de ellos vivía en La India (Carare, Sant.): en agosto de 1981 lo detuvieron, lo llevaron al Batallón Militar de Cimitarra junto a otro de mis tíos. Este último, finalmente, fue liberado. Pero a mi primo Abelardo Galeano, su esposa y sus 3 hijos los dejaron en tinieblas. El otro primo fue secuestrado por las Farc en el Meta, en septiembre de 1994. La familia pagó parte de lo que le exigieron, pero le dijeron que el dinero que entregó solo alcanzaba para pagar su comida durante el cautiverio. Se llamaba León Urrea y era padre de cuatro niñas. Jamás volvimos a saber de él. Una prima hermana fue fusilada el 2 de agosto de 2002 por el 9º frente de las Farc, en San Carlos (Ant.) Se llamaba Carmen Gallego. No sigo describiendo más hechos…
Entonces, el impacto social que ha producido esta colección de sus imágenes es el mismo que usted y su familia han sufrido…
No es una colección. Es una sumatoria de memorias de personas con rostro y nombre, y de espacios y lugares geográficos que conocimos por la violencia. Repito: en Colombia nunca hemos tenido la valentía de mirarnos en ese espejo convertido en fragmentos. La apuesta de este documento es aprender a convivir, a respetar y a honrar a los que siempre han sido vulnerados. Digo que si hay voluntad de paz y liderazgos que siembren esperanza y no cizaña, como dijo el papa Francisco, no repetiremos lo que puede tener una solución política. Tristemente todavía hay muchos políticos, obispos y sacerdotes de distintas iglesias que deberían cumplir, aunque nunca lo han hecho, tres mandamientos para ser mejores de lo que han sido: no robarás, no matarás y amarás al prójimo como a ti mismo.
¿Qué hará de ahora en adelante: continuará en la fotografía o tomará otro rumbo si la paz se asienta en el territorio nacional?
La paz podría brindarme la posibilidad de seguir caminando sin miedo y de honrar la vida de tantas personas buenas que tiene Colombia. Sería feliz haciendo retratos de hombres y mujeres del campo -como lo fueron mis padres- sembrando para recoger los frutos. Trabajaría incansablemente por proteger la vida y cuidar la naturaleza que nos queda. Y así podría retratar los cielos estrellados en los mismos lugares en donde alguna vez se ofendió la vida.
Una guerra contada en rostros, no en cifras
La exposición no se limita a la exhibición de imágenes, en todo caso, impactante por reflejar una realidad dolorosa pero de manera respetuosa y digna con los protagonistas y sus seres queridos. También cuenta cientos de historias con el nombre de la víctima y el de sus familias para darles rostro humano a las cifras; relata el momento del acontecimiento violento; continúa cuando las víctimas regresan a recoger los cuerpos de sus familiares o cuando los exhuman con sus propias manos o con la ayuda de las personas de la comunidad; sigue con sus actos de duelo, los de conmemoración y los de resistencia simbólica. Y, finalmente, refleja su retorno al lugar en donde enterraron a sus muertos para volver a vivir allí: la resiliencia en la vida cotidiana. La exposición de Jesús Abad, según lo describe su curadora, María Belén Sáez de Ibarra, es un homenaje a las personas que caminan entre los rastrojos que deja la violencia y quienes, siendo el centro de la guerra, continúan siendo invisibles ante una Colombia indiferente que ha perdió su humanidad en medio de tantos años de una guerra que siente lejana porque la vio contada a kilómetros, desde los centros urbanos.
Exposición por cuartos de historia
Cada una de las cuatro salas en que está dividida la exposición, muestra fragmentos de la historia de la guerra contada a partir de los testimonios de las víctimas y del lente de Jesús Abad Colorado. La primera se denomina Tierra callada (frase de un verso de Miguel Hernández): allí se encuentra, en imágenes y narraciones, el fenómeno del desplazamiento con proyección en grandes formatos. La segunda sala se titula No hay tinieblas que la luz no venza (de un verso de Hannah Arendt ), con los retratos de la desaparición forzada, de los secuestros, de los asesinatos sin cadáveres hallados, de la ausencia y de la zozobra por no de no saber qué pasó: el duelo insoportable porque no pasa, está suspendido en el tiempo. La tercera sala se llama Y aun así me levantaré. En esta se reúnen las historias de las masacres, las matanzas, las operaciones militares, los hechos urbanos de violencia masiva. Y la cuarta tiene por título En tus manos pongo las mías, con las fotografías de la resistencia civil, las marchas, los actos colectivos de simbología del duelo, de los líderes que han trabajado por la reconstrucción de sus comunidades y de las desmovilizaciones de los distintos actores armados, incluidas las Farc y las declaraciones de los excombatientes que están intentando sembrar paz.