“Le pedí a mi Dios que me mataran”: testimonio de Ena Medina en el Día de las Víctimas

En el Día de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas del Conflicto Armado, el testimonio de Ena Rosa Medina, una sobreviviente que, pese a sufrir los rigores de la guerra, ha logrado salir adelante y hoy es un ejemplo de tenacidad, resiliencia y emprendimiento.

El testimonio es de Ena Rosa Medina y los hechos, que dejaron una cicatriz vitalicia en su alma, ocurrieron en febrero de 2004 cerca de San Ángel, Magdalena. / Cortesía Heidy Dayanna Peñaloza
El testimonio es de Ena Rosa Medina y los hechos, que dejaron una cicatriz vitalicia en su alma, ocurrieron en febrero de 2004 cerca de San Ángel, Magdalena. / Cortesía Heidy Dayanna Peñaloza

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“Esa noche abusaron sexualmente de mí varios hombres armados. A la vez que me violaban, otros mataban a la señora y al muchacho que nos colaboraban en la finca. Fueron muchos hombres y yo no me podía defender. Lo que más me dolía era que mis hijos estaban presenciando todo eso. Esa es la imagen que yo jamás me voy a sacar de mi cabeza. Me duele lo que me hicieron, pero me duele más lo que mis hijos vieron. En esos momentos, yo le pedí a mi Dios que me mataran para que mis hijos no estuvieran presenciando todo eso”.

El testimonio es de Ena Rosa Medina y los hechos, que dejaron una cicatriz vitalicia en su alma, ocurrieron en febrero de 2004 cerca de San Ángel, Magdalena.

Ana Rosa tiene 53 años y es la mayor de diez hermanos. Recuerda que sus papás vivieron en el campo buena parte de su tiempo. “Ellos fueron unas personas muy andariegas, o sea, no tenían algo estable, toda la vida fueron campesinos. El Magdalena y sus alrededores creo que me lo conozco casi todo”. Cuenta que cuando era muy pequeña vivieron en una finca que el papá tenía en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, luego en un sitio llamado El Pueblito Los Andes y que después se establecieron en Fundación. “En ese entonces recuerdo que yo tenía como 12 años, ahí nos pusimos a estudiar y la familia seguía creciendo porque mi mamá sí era buena para parir: en ese momento ya éramos diez”, agrega.

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El amor y los hijos

Una vez en Fundación y con 12 años, Ena Rosa empezó a trabajar en casas de familia. “Para rebuscarme la plata”, recuerda esta mujer trigueña y de contextura delgada. “Luego me casé, tuve allí mi casa y tiempo después con mi pareja nos fuimos para un municipio que se llama San Ángel, que fue lo peor que me pudo haber pasado”.

Arrendaron una finca. “Los primeros años fueron maravillosos, fui hasta Fundación a parir a mi hija y regresé otra vez para allá. Eso sucedió cuatro veces porque tengo cuatro hijos”. Sembraron varios cultivos y les iba bien. También tenían ganado, chivos y gallinas. Contrataron a dos personas. “Que un campesino tenga dos obreros trabajando muestra que económicamente está paradito”, dice Ena Rosa.

Como prosperaba económicamente, se estableció como comerciante. “Viajaba a Barranquilla y compraba ropa de segunda y la vendía en San Ángel y en las veredas cercanas a la finca y, poco a poco, me fui metiendo en otros negocios como comprar ahuyama, maíz verde y maíz seco y lo vendía en Barranquilla y de esa ciudad traía la ropa para vender. La verdad, me estaba yendo bien. Luego mi marido fue el que comenzó a ir a hacer esos viajes y en uno de esos viajes nunca regresó. El papá de él empezó a buscarlo y, después de un tiempo, dijo que él estaba en Barranquilla y que no había regresado a San Ángel porque se había conseguido otra mujer”, recuerda.

“Yo me quedé ahí en la finca con un señor de apellido Arrieta que trabajaba ahí con nosotros y su esposa, mis hijos y el obrero y su mujer. No podía irme a donde mi papá porque ya tenía cuatro hijos, además de la inversión que había hecho en esa tierra”, agrega.

Para entonces, había mucha presión en las comunidades por parte de los grupos armados ilegales que operaban en la región. De las 312.000 víctimas del conflicto armado en el Magdalena, alrededor del 70% se produjeron solo en los primeros cuatro años de la década de los 2000, según el registro oficial.

La tragedia

“Un día llegaron a la finca un grupo de hombres armados, muchos; llegaron bebiendo y cogieron un ternero grande y lo mataron y nos mandaron a la mujer del señor Arrieta y a mí a que les cocináramos”, cuenta Ena Rosa.

―Suéltate el pelo, flaca― le dijo uno de los hombres mirando su pelo largo, mientras los demás seguían tomando trago―. Hoy va a tener usted marido.

Los más pequeños se encerraron en el cuarto. “Ya eran como las seis de la tarde y mi hijo no se acostó porque no había comido”. Ena Rosa le dio algo que llevarse a la boca.

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―Si no se acuesta, le pego un tiro y lo pongo a dormir de por vida― le dijo el mismo hombre al niño. Ante eso, Ena Rosa quiso entrar en el cuarto―. Usted no se va a dormir; más bien beba.

“Yo le respondí que no tomo y él insistió en obligarme y yo no tomé”. Esa noche abusaron de ella muchos hombres. Dice, en medio de lágrimas, que “el primero fue el comandante, luego se bajaba uno y se montaba otro, fueron muchos”. Mientras unos la violaban y la herían con una navaja, otros asesinaron al empleado y a su esposa. “Lo que más me duele es que mis hijos vieran esos abusos”.

Aquella misma noche su hijo, que tenía 11 años, la llevó en burro hasta el puesto de salud de San Ángel, adonde llegó casi desangrándose. Fue trasladada a Fundación. Por la gravedad de los daños causados por la violación, el personal médico decidió extirparle los ovarios y la matriz.

Aun con las terribles secuelas físicas y emocionales, sintió que tenía que salir adelante por ella y su familia. En compañía de sus tres hijos menores, se fue a Riohacha. La mayor continuó estudiando en el Magdalena.

En la capital de La Guajira se rebuscó la vida: trabajó cuidando a una señora enferma, empujaba una carretilla en la que vendía mercancía, fue escobita, empleada del servicio y montó un carrito de comidas rápidas. “Ya existía Acción Social, que después fue la Unidad para las Víctimas, pero nunca fui a buscar ayudas humanitarias, porque era como recordar lo que me pasó”, explica.

La recuperación emocional

Tras pensar y pensar sobre lo que le había ocurrido, finalmente decidió contar su historia a los psicólogos de la Unidad para las Víctimas. “Los funcionarios que me escucharon y con los que estuve en la estrategia de recuperación emocional son unos ángeles. A mí no me va a alcanzar la vida para agradecerles a ellos por la forma en que se han portado con nosotras. Y hablo en plural porque somos un grupo de 30 mujeres que estuvimos en la estrategia”.

Meses después recibió su indemnización administrativa. “Mi hermano, que trabaja en una universidad en Barranquilla, me dijo: ‘véngase para acá y montas un pensionado’ (residencia universitaria). Entonces ubiqué una casa, la saqué en arriendo, compré las camas, los colchones, asador, cocina, un refrigerador; todo eso con parte del dinero de la indemnización. A la par tengo un negocio de comidas rápidas en el que también me va muy bien”.

Aunque dice que ningún dinero del mundo le devolverá la dignidad que le arrebataron el día que la agredieron, hoy Ena Rosa encara la vida con optimismo, contenta de ver a sus cuatro hijos como profesionales. Ha conseguido sobreponerse a lo que le ocurrió y que eso no sea un impedimento para soñar un mejor futuro. “Estoy aprendiendo a vivir con este dolor, porque es claro que nunca lo voy a olvidar”.

* Periodista de la Unidad para las Víctimas. 

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