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Mucha gente me pregunta cómo fue tener a un hermano gobernando a la Nación, durante ocho años, y suelo responder que “medio complicado”. Por obvias razones, de cercanía o de distancia; de fraternidad o rivalidad, o de sangre, temperamento e ideas. Y no se trata de describir cómo viví o sentí los dos periodos presidenciales de Juan Manuel Santos, pues todo lo que diga resulta atravesado por subjetividad y emotividad, pese a que siempre he pretendido ser una persona objetiva. Pretensión irrelevante, porque es tan imposible sustraerse de la inusual e indeseada circunstancia de haber tenido a un hermano menor en la jefatura del Estado, como la de hacer el balance equilibrado y frío de su gestión, o de lo que ya denominan el “régimen santista”.
No puedo caer en el vibrante elogio de un mandatario que tuvo tan controvertida imagen, ni tampoco asumir que la popularidad o las encuestas son el mejor termómetro para medir el desempeño de un gobierno. En dos palabras, puedo decir que remató bien y dejó al país mejor de lo que lo encontró. Pero vamos por partes.
Tuve con mi hermano Juan Manuel una larga historia de desencuentros, desde que se lanzó a la política, a comienzos de los años noventa, siendo subdirector de El Tiempo, apartándose de códigos que los miembros de la familia teníamos sobre cómo orientar el periódico más influyente de Colombia.
Ya parcialmente contado al comienzo de este libro, no pienso volver sobre ese capítulo, sino situarme al final del periplo político de Santos, cuando sufrió amargas decepciones, antes de que el futuro histórico comenzara por fin a mostrarle una cara más amable. Que Álvaro Uribe haya elegido al Presidente de Colombia fue para Juan Manuel Santos un doloroso y duro revés. No por previsible resultó menos penosa esa derrota política a manos de su antiguo mentor, convertido luego, durante ocho años seguidos, en su infatigable azote. Pero hubo un latigazo que sintió más hondo, que partió en dos su gobierno, presagió el retorno al poder de su implacable adversario y lo tuvo al borde de la renuncia: el triunfo del No en el plebiscito del 2 de octubre del 2016. (Lea: Sería una traicicón a la patroa modificar los acuerdos).
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“Gobierno para la historia y no para las encuestas”, sostuvo Santos cuando su favorabilidad comenzó a desplomarse en los sondeos. Más adelante me referiré a su legado, pero, mirando hacia atrás, creo que el deterioro progresivo de su imagen se debió más que todo, aunque no exclusivamente, a la terquedad con la que insistió en su política de paz en medio de un torbellino de opinión adversa.
Se sostuvo contra viento y marea en ese propósito (que siempre compartí), y su perseverancia fue decisiva en el anhelado propósito de acabar con las Farc por esta vía. Bastante le costó, como bien se sabe. Y tantos altibajos, tropiezos y desgastes en la búsqueda de una solución negociada al conflicto armado pasaron cuenta de cobro.
Dialogar seis años con una guerrilla detestada por la mayoría de la gente tuvo duros efectos políticos que el Presidente no logró revertir pese a todos sus denodados esfuerzos, movido por la convicción de que la paz era su llamado histórico. Y que a un líder político lo motiven tentaciones de grandeza, o de vanidad, tampoco me parece un rasero que lo descalifique, si los resultados de su gestión resultan de verdad perdurables.
Creo que en este caso lo serán, en lo que se refieren a la superación del mayor factor de violencia política y zozobra social del último medio siglo en Colombia. La pregunta es por qué el proceso de paz resultó tan enrevesado y traumático. Es parte de lo que habría que analizar del gobierno de Juan Manuel Santos en su obsesión por sacarlo adelante, más allá de los obstáculos varios o de sus falencias personales, que no fueron pocas.
No logró, por ejemplo, convencer al país de la bondad de su gobierno, ni “vender” bien, al mismo tiempo que la paz, las innegables realizaciones en vivienda, vías, conectividad, infraestructura, reducción de la pobreza… No pudo proyectarlas de manera convincente, ya sea por imagen personal, credibilidad política o deficiente asesoría. O, quizás, repito, por su insistencia monotemática, descuidando otros problemas, en un proceso de paz que había saturado a mucha gente. (Lea: El legado de paz de Juan Manuel Santos).
Para no hablar de lo que significó haber graduado tan rápido a Álvaro Uribe Vélez como su principal opositor, y dedicado tanto tiempo y energía a pelear con un expresidente popular, caudillista y más camorrista que él, además de obsesivo en su antisantismo, como lo confirmó con sus trinos del 20 de julio. Haberse dedicado a responderle durante tanto tiempo a su predecesor lo desgastó mucho, a la vez que empoderó a Uribe como vocero supremo de la oposición. Circunstancia agravada por la dificultad de Santos para conectar con la gente, y con su entorno, en general.
No hubo eficaces vasos comunicantes entre el Ejecutivo y los partidos, los militares, los líderes sociales, los empresarios y, a veces me daba la impresión, entre sus propios ministros y colaboradores. Ha sido una persona capaz, preparada y disciplinada como pocas, pero nunca un buen comunicador. Su mal disimulada timidez personal y una tendencia a aislarse, a “enconcharse”, le crearon una imagen distante, elitista y fría.
Es “un patricio estructuralmente impopular”, dijo The Economist, una publicación que él admira y la cual siempre reconoció sus logros. Eso fue en mayo del 2017, cuando su desfavorabilidad andaba por el 80 %, parecida a la de Maduro. Al año siguiente, cuando entregaba el poder, esta misma revista le dedicó una columna editorial, ilustrada por una irreverente paloma de la paz, ramo de oliva en pico, haciendo sus gracias sobre la cabeza presidencial, en la que sin embargo destaca su gestión. Con el irónico título de Maldito es el pacificador, el semanario inglés vaticina que la historia juzgará al mandatario saliente con más benevolencia que sus compatriotas, y ante la noticia sobre los embrollos de Álvaro Uribe con la Corte Suprema, dice que “míster Santos posiblemente reirá de último”.
Seis años antes, en abril del 2012, la revista Time le había dedicado portada y lo había descrito como un “líder continental”, con un “astuto sentido de la oportunidad política…”. El manejo de la prensa extranjera nunca fue para Juan Manuel Santos un problema, pues en ese ámbito se mueve como pez en el agua. La cuestión fue siempre el manejo de su imagen interna, la paradoja de ser “una estrella en el exterior y un villano en el país”, como bien lo resumió Felipe Zuleta.
Por los días en que apareció en la portada de Time, su favorabilidad, que había estado por el 70 %, comenzó a descolgarse de manera tan drástica como sorpresiva. Ni haber propiciado en el país un bienvenido clima de unidad nacional, ni haber sido anfitrión en esos días de la magna Cumbre de las Américas, en Cartagena, con Obama y otros 30 jefes de Estado, lograron detener un descenso que se volvió inatajable, y para mediados del 2012 su imagen había perdido 20 puntos.
Al abrupto final de la luna de miel de Santos con los colombianos contribuyeron, en buena medida, los crecientes ataques de Álvaro Uribe. Desconozco cómo analizaron en Casa de Nariño ese preocupante fenómeno de opinión, pero sí es evidente que Santos no tuvo buenos consejeros en comunicación, ni un real portavoz, un alter ego de primer nivel, que asumiera la tarea de “frentear” a críticos y medios, a la manera de lo que fue en España un Alfonso Guerra, en el gobierno de Felipe González, un vicepresidente que le lidiaba todos los toros bravos.
Pienso también en la figura del vocero de la Casa Blanca, en Estados Unidos, que se reúne de seguido con los periodistas para responder (o enredar) toda pregunta sobre política interna o externa del Gobierno. Aquí no se aplicó esta figura, que le habría evitado mucho desgaste al Jefe de Estado, y no funcionó, aunque se intentó, la de un ministro de la Presidencia. Tampoco resultó muy exitosa la fórmula de frecuentes alocuciones presidenciales televisadas, con teleprónter y canales encadenados, tal vez por acartonadas y carentes de espontaneidad, todo lo cual subrayó su débil conexión con el público.
Insisto en lo de la comunicación, no solo porque me nace como periodista, sino porque lo viví durante el arranque público del proceso de paz, cuando la estrategia del Gobierno dejó mucho que desear. Se confundió la necesaria discreción con un secretismo exagerado, lo que dificultó la explicación del proceso, se prestó para toda suerte de especulaciones y le dejó el campo abierto a las Farc, para que tomaran la iniciativa propagandística, con tal torpeza y falsedades (no somos victimarios sino víctimas; no estamos en el narcotráfico; no secuestramos sino que “retenemos”…), que terminaron por clavarse ellas mismas el cuchillo ante una opinión pública que de por sí nada les creía. ¿Y por qué no hice más para remediar semejante falla, en un frente de mi especialidad? Porque no era mi función y nunca se me ocurrió intervenir de manera activa en asuntos del Gobierno, ni al Presidente patrocinar tal injerencia.
Había sobre esto fronteras claras y por ambos reconocidas. Salvo el tema del proceso de paz, sobre el que sí hablamos mucho, puedo contar en los dedos de una mano las veces en que me pidió un consejo o me consultó una decisión: “¿Te parece bien este tipo para este cargo?” o “¿Qué piensas de esta medida?”. Nada de eso. Aceptó, sí, sugerencias que le hice al inicio del proceso de paz, como la de pensar en Humberto de la Calle para liderar la negociación en la fase pública, o la de incorporar al equipo a un militar de prestigio y línea dura, como el general Mora Rangel.
También le hice algunas críticas y recomendaciones que no tuvieron mayor eco, sobre el manejo de las comunicaciones desde la Casa de Nariño, que Sergio Jaramillo manejaba con hermética mano de hierro. En ocasiones tuvimos roces, ligados a tensiones del momento y a chismes que le llevaban sobre críticas que yo supuestamente hacía sobre la marcha del proceso. Una entrevista con Juanita León, en La Silla Vacía, en la que mencioné que Santos les paraba muchas bolas a las encuestas, le disgustó mucho.
Fue tal su molestia, que les dio instrucciones a miembros del equipo negociador de no hablar más conmigo. La irritación fue por el título que le pusieron a la entrevista: “Santos vive pendiente de las encuestas”, por una observación absolutamente marginal y fuera de contexto, que La Silla destacó como lo más importante. La rabia le pasó, pues él conocía como periodista lo que son los titulares de mala leche, y yo seguí colaborando en labores de back channeling, hablando todo el tiempo con embajadores, oenegés, académicos y periodistas nacionales o extranjeros, para darles contexto de lo que sucedía.
Otro episodio poco grato fue a mediados del 2015, tras un nuevo bajonazo en las encuestas, cuando me reclamó que cuando yo hablaba en privado (porque en público no lo hacía) del tema de la paz, la gente podía pensar que hablaba por él, y me dijo en tono irritado que Uribe andaba comentando que “hasta el hermano del Presidente dice que este proceso está jodido”.
Le aclaré que eso era falso, me tocó reiterarle que yo no era vocero ni ventrílocuo del Gobierno, y le recomendé que no le parara tantas bolas a versiones malintencionadas, pues debía saber que cualquier crítica seria se la haría directamente. Pero él no era inmune a la chismografía y a veces se dejaba amargar la vida por consejeros cizañeros. En un plan más anecdótico cabe recordar espontáneas frases desafortunadas suyas que le salieron caro y le cobraron mucho, como la de “no hay tal paro agrario”, cuando el país estaba bloqueado por energúmenos agricultores y caficultores, o el “me acabo de enterar”, tras las declaraciones del fiscal Martínez sobre el presunto ingreso de dineros de Odebrecht a la campaña presidencial.
* Cortesía Penguin Random House Grupo Editorial. El libro será presentado, en charla con Juan Esteban Constaín y Álvaro Tirado Mejía, el jueves 25 de octubre en el Museo El Chicó (Bogotá, carrera 7 #93-01) a las 7 p. m.