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Maurice Armitage, lágrimas de acero

No es un hombre común, el nuevo alcalde de Cali habla sin tapujos, comparte su riqueza con quienes trabaja y llora en público. Por eso su elección se convierte en un punto de referencia de la posible Colombia posconflicto.

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“Nunca pensé que iba a quedar de reina, siempre creí que iba a ser la virreina, pero acá estamos, con un enorme compromiso y necesito que ustedes me ayuden, porque no podemos embarrarla”. Con estas palabras que arrancaron una sonora carcajada en el auditorio, instaló Maurice Armitage, alcalde electo de Cali, la comisión de empalme el pasado martes 17 de noviembre en el Club de Ejecutivos.

El breve discurso continuó sin sobresaltos hasta que, como ya es costumbre, su voz se quebró y sus ojos se llenaron de lágrimas. “La expectativa es muy alta y las miradas de todos, especialmente del alto gobierno, están puestas encima nuestro, me siento muy presionado… no podemos embarrarla”, repitió.

Y luego, sin siquiera enjugarse las lágrimas y recuperando el dominio sobre sí misma, prosiguió comentando detalles de su visita a seis Ministerios y a la Casa de Nariño, agenda que lo tuvo ocupado la semana después de la elección, porque, y ese es otro rasgo que lo caracteriza, Armitage es imparable y vigoroso en todo lo que se propone; “es que mi diversión es trabajar”, responde cuando le recuerdan que debe descansar.

Y esto es así a pesar de que ya tiene 70 años. Sus más cercanos colaboradores cuentan que su jornada comienza al amanecer. Nicolás Orejuela, vocero político durante la campaña y a quien Armitage dobla en edad, confiesa que lleva varios meses despertándose con una llamada del Alcalde, “que por lo general es antes de las seis de la mañana, es un hombre muy activo”.

Prueba de ello es su trayectoria larga empresarial. Hace 30 años fundó la Siderúrgica de Occidente con la cual comenzó a forjar su fortuna, la misma que luego le permitiría montar un ingenio y convertirse en socio de una cementera, dando empleo a más de 2.000 personas en el Valle.

La puntualidad es otra de sus características, seguramente heredada de su padre, un inmigrante inglés. Por eso, que alguien le incumpla o llegue tarde a una cita es una de las pocas cosas que lo descompone y le da rabia.

Su actitud frente a la paz y la reconciliación es su marca registrada. Luego de sufrir dos secuestros, uno en 2002 por el frente 57 de las Farc y otro en 2008 a manos del mayordomo de su finca, perdonó a este último, pagó los abogados para que lo defendieran, se hizo cargo del estudio de sus hijos y el arriendo de su casa mientras estuvo preso y, al recuperar la libertad, lo ayudó a conseguir un nuevo empleo.

Por eso es conocido como el “cacao de la reconciliación” y el presidente Santos lo incluyó en el último grupo de víctimas que visitó La Habana en diciembre de 2014 para conversar con los negociadores de la guerrilla y el gobierno.

Pero no es la única cosa que lo hace diferente. También tiene una extraña manera de ser empresario pues considera que quienes trabajan con él y contribuyen a la generación de riqueza, deben participar de las utilidades. “Por este motivo, cada 90 días en Sidoc, distribuimos las ganancias con nuestros colaboradores, en igualdad de proporciones, sin importar el cargo”, dice.

La generosidad se ha convertido en la paradoja de su vida pues es muy bien vista en los sectores sociales con mayores necesidades pero no siempre es bien recibida por una parte del sector empresarial, al que su ejemplo cuestiona.

La personalidad de Armitage no encaja en el estereotipo del político tradicional: Sus discursos duran cinco minutos, habla sin rodeos y cuando le da hambre, no tiene problema en arrimar a una tienda de barrio para tomarse una gaseosa con pan.

Sus críticos dicen que no conoce de administración pública y que al llorar muestra su debilidad. Su hija Cristine, quien lo acompaña a todas partes, está segura que “llevará su exitosa experiencia como empresario privado al sector público” y dice que “su llanto es el de un hombre libre que no esconde sus sentimientos”.

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