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Mi padre fue expulsado del Partido Comunista Colombiano (PCC) cuando tenía 66 años de edad. En ese momento ya había amenazas en su contra que comprometían su vida. Mientras esto sucedía, él se dedicó a construir el Partido Revolucionario Colombiano y a editar el periódico “Rumbo Popular”, en el cual trabajó con sus compañeros Héctor Herrera y Alberto López. Fue en esa misma época en que comenzó a escribir “Ruptura: una camarilla corroe al Partido Comunista Colombiano”, su obra política central en la que confronta la combinación de todas las formas de lucha revolucionaria.
Para él, estas ideas y estas prácticas no eran coherentes con un proyecto revolucionario democrático y representaban enormes riesgos en el contexto de la realidad colombiana. Mi padre solía citar esta frase de Guegorgi Dimitrov, dirigente comunista búlgaro: “Un Partido Comunista no puede hablar oficialmente a sus simpatizantes una cosa y al mismo tiempo hacer lo contrario”. La reiteración de la frase correspondía justamente a como él se sentía con respecto al Partido y este asunto de combinar la lucha política con la lucha armada. (Recomendamos: ¿Quién mató y por qué a José Cardona Hoyos?).
La relación tensa que se configuró entre él y el PCC le generó efectos en su salud y bienestar. La agresión permanente que él vivió, la cual está descrita en su libro, le produjo distintos dolores y malestares. El escribió: “Estoy enfermo también, de enfermedades que me han producido ustedes, los obcecados del Ejecutivo Central. Mi cefalgia ya casi perpetua y varias dolencias son todas de origen nervioso. Y todos los médicos consultados han estado de acuerdo en que han surgido como consecuencia de haber tenido que soportar una tensión verdaderamente inconmensurable. Ella no procede de los ataques de la reacción, ni de amenazas militaristas…su origen está en la insoportable tensión, bestial en sus proporciones, a que ustedes, camaradas del Comité Ejecutivo Central, me han sometido”.
El recién creado Partido Revolucionario Colombiano y el periódico Rumbo Popular resultaron ser una nueva trinchera para mi padre quien, a pesar de sus quebrantos de salud, pudo retomar la cátedra de Historia Contemporánea en la Universidad Santiago de Cali (USC), un centro académico de cuyos miembros mi padre recibía gran aprecio y reconocimiento.
Desde su casa en el barrio El Limonar, ubicado en el sur de la ciudad de Cali, mi padre estaba caminando hacia el claustro universitario cuando fue asesinado. El hecho sucedió el 8 de mayo de 1986 frente a la Iglesia Cristo del Perdón, tan solo dos días después de que su libro Ruptura estuviera disponible para el público en la Librería Nacional.
El asesinato de mi padre fue, sin duda, muy doloroso para nosotros como familia. Yo, particularmente, recuerdo que estaba cerca de la casa cuando me solicitaron llegar allí lo más rápido posible, aunque no me dijeron qué era lo que había pasado, de camino un vecino me dijo: “¡mataron al doctor!”
El féretro de mi padre fue trasladado al Concejo Municipal donde le rindieron un homenaje en cámara ardiente. Muchos caleños le vieron allí por última vez y en ese mismo espacio el alcalde decretó la creación de una institución educativa que llevaría su nombre. El funeral fue un encuentro de personas provenientes de todas las tendencias políticas del Valle del Cauca.
Pudimos enterrar su cuerpo el domingo 11 de mayo. Durante el funeral, el cineasta Lisandro Duque dijo sobre mi padre: “como revolucionario y demócrata, a José Cardona le parecía tentadora la opción de la paz por encima de la opción de la victoria, en razón a que la paz tiene la virtud de permitir la vida, que es la mayor victoria del ser humano”.

Sigo esperando una rectificación
En el marco de la promulgación de la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras (Ley 1448 de 2011), tras veinticinco años del asesinato de mi padre, decidí solicitar el reconocimiento de nuestra calidad como víctimas del conflicto armado colombiano. Hice el procedimiento administrativo ante la Unidad de Atención y Reparación Integral a las Víctimas (UARIV). La tarea fue complicada. Nuestro reconocimiento como víctimas fue negado durante tres largos años bajo el argumento de que el crimen contra mi padre no había sido perpetrado en el marco del conflicto armado.
Fue hasta 2014 que el hecho se reconoció, después de que entablé una demanda contra el Estado y de aportar numerosas pruebas de la actividad política de mi padre en el Partido Comunista en el Valle y Cauca. El Estado reconoció en este proceso no solo la calidad de víctima de mi padre, sino el error que había cometido al negarla. En este contexto, el 9 de abril de 2014 me invitaron a la Asamblea Departamental del Valle a participar en la Conmemoración del Día Nacional de la Memoria y la Solidaridad con las Víctimas del Conflicto Armado.
En ese espacio, pude manifestar mi deseo de trabajar en la dignificación de la memoria de mi padre y buscar que las circunstancias de su asesinato se esclarezcan. Además, hablé sobre la necesidad de que la responsabilidad de la perpetración del crimen se asuma y se realice una rectificación sobre lo sucedido.
Adicioné a ello palabras de perdón para quienes nosotros creemos fueron los autores del asesinato, personas pertenecientes a la antigua guerrilla de las Farc (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia); y, en concordancia con el legado de mi padre, les hice una invitación al abandono de la lucha armada y les llamé a comprometerse con honestidad con el Acuerdo de Paz.
Y en el año 2015, a través de la prensa dirigí una carta al Secretariado de las Farc (que se encontraba en La Habana avanzando en las negociaciones del proceso de paz), donde le solicité que reconociera el asesinato de mi padre. También indiqué mi respaldo al proceso de paz y expresé que de mi parte no existía rencor hacia la insurgencia. Hasta el día de hoy nadie me ha respondido, pero yo sigo insistiendo.
Yo aún espero la rectificación de los que hicieron parte de la guerrilla de las Farc y de la dirigencia del Partido Comunista Colombiano.
Así quiero que sea recordado mi padre
Con frecuencia me preguntan cómo definiría yo quien era mi padre. Esta es mi respuesta: Como un humanista y un demócrata integro. Un colombiano que sacrificó todo, hasta su vida por la paz de Colombia. Un visionario que previó el desangre si no se adoptaba una posición congruente con la mayoría de los colombianos que reclaman cambios profundos, pero de forma no violenta. Un visionario también porque estaba convencido de que el lugar de la guerrilla era en la legalidad y sin armas.
Estoy convencido que mi padre hubiera apoyado con gran entusiasmo la decisión que finalmente condujo a las FARC-EP a acordar la paz con el Estado.
* Este texto fue tomado del trabajo multimedia que el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) elaboró con la participación de la familia de la víctima y hace parte de una Iniciativa de Memoria Histórica (IMH) que la institución priorizó este año. Estas Iniciativas son entendidas como ejercicios colectivos y autónomos de la ciudadanía, víctimas, organizaciones sociales que buscan reconstruir y representar sus memorias alrededor del conflicto armado con un sentido dignificante.