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Seguridad: ¿se mantiene o retrocede?

Análisis sobre un debate crítico en el primer año del gobierno Santos. Hay quienes dicen que se ha bajado la guardia y hasta han pedido cabezas, como la del ministro de Defensa.

06 de agosto de 2011 – 04:59 p. m.

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Mucho se especula hoy sobre la marcha de las políticas de seguridad del gobierno de Juan Manuel Santos. No faltan las voces que predican un abandono, por lo menos relativo, de la seguridad democrática del gobierno anterior. La tesis que se sostendrá en esta breve nota es la de que no hay tal situación y que, en lo fundamental, el sector de defensa y seguridad es continuista en cuanto a líneas de acción y empeños en la lucha contra los grupos armados ilegales de todo tipo. Hay cambios, sí, pero éstos se encuentran en el campo de la guerrilla y no en el del gobierno.

La guerrilla ha encontrado la fórmula para estar presente en los medios de comunicación y dar la impresión de ser un movimiento en recuperación. En la medida en que se decanta por medios de terror más que de combate propiamente militar, aumenta la capacidad de producir incidentes y zozobra. Hay violencia para derrotar por las armas a un enemigo y hay violencia para producir daño. La guerrilla ha escogido enfatizar la segunda.

Pero en ese aparente fortalecimiento está implícita su debilidad: el terrorismo no busca vencer en batallas. Busca generar ambientes de angustia extrema para que se le hagan concesiones. Por eso apela al minado en escala cada vez mayor, al hostigamiento a distancia y al terrorismo abierto contra no combatientes, como lo sufren ahora mismo Cauca, Nariño y Caquetá, para sólo nombrar los últimos titulares.

El jueves pasado, los colombianos vimos en la televisión las imágenes de seis carro-tanques incendiados en una carretera del Caquetá. El impacto mediático es grande y el daño al clima de confianza del país, también. ¿Pero significa esto una capacidad importante de combate de las Farc? Cuál combate, en primer lugar. Basta un pequeño grupo de guerrilleros que detenga los automotores, les prenda fuego, goce unos minutos de la piromanía en gran escala y se interne de nuevo en los montes y selvas del sur. Eso y el terrorismo del que fue víctima la gente de Toribío, en el Cauca, dan cuenta de las tácticas nuevas de la guerrilla para seguir presente en la mesa de apuestas por la muerte y la destrucción.

Lejos están los días de Las Delicias, El Billar, Patascoy, Puerto Lleras y Mitú. Hoy reina el menudeo. La guerrilla volvió a las tácticas de sus primeros tiempos para adaptarse a las condiciones impuestas por el fortalecimiento militar y policial del Estado. Grupos más pequeños y más ágiles, más viables en términos logísticos y más difíciles de localizar. La guerra irregular es siempre cambiante y así como las Fuerzas Militares y la Policía aprendieron de las derrotas entre el 96 y el 98, así la guerrilla aprende a cambiar para sobrevivir después de los golpes que se le han propinado. El Estado debe ahora repensar las experiencias adquiridas y enfrentar la forma nueva de actuar del contendor.

Desde 2008 se aprecia la tendencia. En honor a la verdad, desde hace tres años se empezó a notar un cambio en los indicadores. No es que se haya deteriorado lo alcanzado. Hay leves modificaciones. Aumentaron las acciones de la guerrilla, pero en términos cualitativos no hay grandes transformaciones. Poco se arriesgan al combate abierto, no hay pueblos tomados ni han ha vuelto a tomar control de lo perdido en su antigua retaguardia. Se han desplazado, como se desplazaron los cultivos ilícitos: al Cauca, a Nariño y al Chocó.

Luchan por conservar corredores fundamentales de sus fuentes de recursos en el norte del Cauca, en los pasos de la Cordillera Occidental y en los ríos del zócalo Pacífico, que los conectan con las rutas del gran océano. Tratan de atraer a su causa a las poblaciones indígenas de sus viejas zonas históricas en las cordilleras y macizos del suroccidente, y luchan por romper el control estatal de los corredores de movilidad que las ofensivas militares de la última década les han negado.

No se puede hablar de aflojamiento en las políticas de seguridad. Lo sucedido en los tiempos actuales era, de cierta manera, previsible. Al retroceder, las guerrillas perdieron, primero, las tropas recién reclutadas, fruto de la expansión de los años 90, y se quedaron con el núcleo duro de los más veteranos y convencidos. Aquellos que han absorbido esa extraña subcultura que ve el mundo a través de anteojeras ideológicas inflexibles, la subcultura política de la urgencia revolucionaria (tan leninista y stalinista) y la incapacidad para acompañar con el pensamiento los cambios del mundo que no caben en su determinismo primitivo.

Quedaron los irreductibles o, como dijo un español en años pasados, los “inaccesibles al desistimiento”. Los que caminan con la lógica de “pues ya entrados en gastos” es imposible detenerse. Lo que, dicho de paso, es una mala noticia para quienes creen que es posible una negociación rápida y productiva para llegar a la paz.

Debe destacarse que a pesar de los esfuerzos de la guerrilla para rehacerse, no ha podido avanzar como fuerza política con algún grado de apoyo social. El que tienen y el que pudieran conseguir es marginal y bastante fuera de la Colombia moderna. Pueden seguir haciendo daño pero, sin duda, no convencen. No convencen ni a los sectores políticos de izquierda. La lógica del terror no tiene vuelta: pueden buscar concesiones por el miedo, pero no pueden construir solidaridades sinceras y duraderas. Encerrados en la trampa moral de “el fin justifica los medios”, olvidan siempre que los medios perversos pervierten los fines.

*Exconsejero presidencial de defensa y seguridad.

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