Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Sin contar con los días de Álvaro Uribe como alcalde de Medellín, concejal de la misma ciudad, senador de la República o gobernador de Antioquia, el uribismo presidencial comenzó con el 2% de favorabilidad a finales de 2001 y alcanzó para dos cuatrienios de gobierno. Pero ahora, a sabiendas de que su mandato concluirá el próximo 7 de agosto, caben interrogantes ineludibles: ¿qué quedará del uribismo? ¿Cuánto sobrevivirá de una doctrina que marcó el comienzo del siglo XXI en Colombia?
En principio, se debe partir de un hecho histórico. De no suceder algún imprevisto, el próximo 22 de mayo, es decir, ocho días antes de las elecciones presidenciales, Álvaro Uribe Vélez se convertirá en el colombiano con mayor tiempo efectivo en la Presidencia de la República. Hasta hoy, según el historiador Óscar Delgado, esa distinción la tiene Francisco de Paula Santander con siete años, nueve meses y 14 días. La sola circunstancia de superar ese registro ya pesa en la cronología del poder político.
Uribe Vélez comenzó su transcurrir político en el Partido Liberal en los años 80, pero en 2002 se salió de la fila presidencial, pasó de largo y llegó al poder. Nuevamente, desde la perspectiva histórica logró lo que en su momento no pudieron hacer Jorge Eliécer Gaitán y Luis Carlos Galán, quienes lideraron disidencias, volvieron al Partido y fueron asesinados. En otras palabras, Uribe rompió paradigmas y consolidó una corriente de opinión con marcada favorabilidad.
En tiempos recientes, del seno de los partidos tradicionales, aunque de origen militar, quizás el único dirigente que estuvo cerca de regresar al poder con una fuerza disidente fue Gustavo Rojas Pinilla. En 1970, la Anapo estuvo a punto de derrotar a liberales y conservadores, pero una extraña elección frustró su intento. Desde entonces y hasta la fecha, sólo a través de movimientos suprapartidistas había sido posible llegar a la Presidencia. Lo hizo Belisario Betancur en 1982 y Andrés Pastrana en 1998.
Uribe repitió en 2002, con una diferencia frente a sus antecesores. Ellos, de una u otra manera, regresaron al seno de su partido, en cambio el actual mandatario sigue de pelea con el suyo original y, por el contrario, especialmente su segundo mandato obedece a una alianza de las más heterogéneas fuerzas políticas: el Partido de la U, Cambio Radical, el Partido Conservador, Convergencia Ciudadana, Alas-Equipo Colombia, Colombia Democrática, Colombia Viva y Apertura Liberal, entre otros. ¿Cuánto sobrevivirá de esta amalgama?
Algunos ya se fueron y tienen su propio candidato, de otros no se sabe qué tanto uribismo van a conservar a la hora de la verdad. Lo cierto es que la primera pelea está a la vista. El 14 de marzo, en las elecciones legislativas, el llamado uribismo se juega su primera batalla y tal parece que su guardia pretoriana quedó concentrada en el Partido de la U. Sus dirigentes aspiran a 30 curules en el Senado. De lograrlo habrá vigencia uribista. ¿Qué tanto guardarán la esencia sin Álvaro Uribe en la Casa de Nariño?
Según el ex presidente liberal Ernesto Samper, “el uribismo no es más que una emoción llena de puestos”. En criterio del analista Jorge Restrepo, “el uribismo sin Uribe no existe”. Estas dos reflexiones apuntan a una realidad mayor: está probado que en Colombia los votos no son endosables. ¿Sin Uribe de por medio, sus principales alfiles —Juan Manuel Santos y Andrés Felipe Arias— tendrán el voto uribista? Amanecerá y veremos.
En la práctica, existe un factor más estable e incluso más leal que la política que garantiza a mediano plazo la supervivencia de una idea: el periodismo. ¿Quiénes serán entonces los defensores de la obra de Uribe? La seguridad democrática, la confianza inversionista o la cohesión social, si no se encarnan en nuevas políticas de Estado no dejarán de ser nombres de un pasado que fue. Si estas directrices no recobran vigor en el imaginario nacional, pasarán a ser parte de la historia.
Por eso, la nostalgia del poder presidencial toca a la puerta de Álvaro Uribe, pero la perdurabilidad de su gestión depende tanto de sus sucesores políticos como de aquellos que conserven en la cotidianidad mediática la importancia de sus ideas. Su escudero mayor, José Obdulio Gaviria, sostiene que la línea de pensamiento de Uribe “será conocida y aplicada por las próximas generaciones”. Esta premisa está por verse, sobre todo porque sin poder el uribismo queda expuesto.
En otras palabras, como ha sucedido en otras épocas de la historia colombiana, una vez salga Uribe de la Presidencia, el espejo retrovisor cobrará importancia y, con toda seguridad, van a salir a flote verdades guardadas. Las encuestas siempre son emotivas. Por eso lo que hoy es implacable, mañana puede ser contrario. Nadie garantiza que el uribismo se mantenga, menos en un país donde en los últimos tiempos se elige de acuerdo con los vaivenes de la guerra y la paz.
En síntesis, sin Uribe en la justa electoral de 2010, el uribismo está a prueba. ¿Cuánto sobrevivirá entre enemigos enconados, leales incondicionales y tránsfugas de siempre? La realidad es que en un país como Colombia, los ex presidentes siguen jugando hasta la muerte y con Uribe en la trasescena del poder, el asunto va para largo. Una pregunta final: ¿Antiguos liberales, conservadores, independientes, quiénes realmente representan la continuidad de Álvaro Uribe Vélez? Ni el propio Presidente lo sabe.