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El doctor Jaime Arroyave Naranjo está convencido de haber sido el abogado activo más viejo del mundo. Por lo menos lo fue en Colombia. Cumplió un siglo esta semana, pero casi hasta los 98 años de edad subió cansino las escaleras del Palacio de Justicia de Armenia para atender los litigios que llevaba ante los juzgados de la ciudad.
Hace 70 años recibió el título de doctor en derecho y ciencias sociales de la Universidad Libre de Bogotá, precisamente de manos del entonces rector Jorge Eliécer Gaitán. No goza de pensión ni de jubilación, le tocó trabajar hasta esa avanzada edad para conseguir el sustento diario.
A los 97 años, el juzgado Quinto Civil Municipal de Armenia sentenció a favor de su poderdante y ordenó al Banco Santander la restitución de un título valor y pago inmediato del mismo con sus respectivos intereses. Por esta misma época, en la pequeña oficina en su residencia de la capital del Quindío, el jurista redactó también un recurso para presentar en la sucesión de Luis María Arias Vélez, mientras esperaba que el Juzgado Sexto Civil Municipal le fallara a otro de sus clientes, un caso similar por restitución de título valor.
Con estos casos resueltos a su favor, y con un siglo de vida cumplido, el litigante sigue pensando en sus clientes y en los funcionarios de los juzgados, entre el humo de los cigarrillos que aún aspira y los aguardientes que todavía refrescan su paladar.
En 1953, poco después del golpe militar del Teniente General Gustavo Rojas Pinilla, el doctor Jaime fue destituido con cinco de sus compañeros que ejercían como Magistrados del Tribunal Superior del Distrito Judicial de Pereira. Ese mismo año abrió su oficina en la carrera 22 con calle 14 de Armenia y desde entonces litigó hasta que la memoria se lo permitió, hace dos años. “En ese entonces era menester defender a veces a los pájaros de la Violencia y a veces a los ofendidos por esos pájaros”, recuerda.
Este abogado nació el 29 de julio de 1908 en Armenia, en una casa de barro enchinado con cagajón, blanqueada con cal, y tejas de arcilla, construida por su padre en un lote donado por la Junta Pobladora como pago por haber abierto la que después fuera la famosa Calle de Encima. Fue el menor de 18 hijos, de los cuales doce subsistieron a las fiebres tifoideas que mataron a miles de niños en los agrestes riscos de viento del Quindío a comienzos del siglo XX.
Tuvo la suerte de conocer a casi todos los fundadores de Armenia. Su padre, José María Arroyave, liberal de Abejorral, llegó al Quindío en plena Guerra de los Mil Días. Por esos días, el Mayor Villegas de la Policía puso prisionero a don José María, sindicado de ser auxiliador de la guerrilla liberal. Su madre, Carmen Naranjo, cogió a sus doce hijos (todavía faltaban seis por nacer, entre ellos Jaime) y se los llevó al Mayor diciéndole: “Aquí le traigo la guerrilla que auxilia mi marido”. Villegas no tuvo más remedio que dejarlo libre.
En 1932, con 24 años de edad, se matriculó en la Universidad Libre de Bogotá. “Recuerdo mucho al doctor Antonio José Restrepo, que nos dictaba Historia Política Colombiana. Los abogados y estudiantes de otros grupos se gorreaban la clase y hasta emboladores de la cuadra se arremolinaban cerca al aula para oírlo. Era una cajita de música con una memoria prodigiosa y un acopio de ideas impresionante”.
Durante seis años gozó del verbo y el conocimiento de maestros como Jorge Eliécer Gaitán, de la exigencia de Germán Arciniegas, que les ponía interminables investigaciones sobre el pensamiento de Bolívar, Nariño y Santander. Fabio Lozano y Lozano, Milcíades Cortés, Luis Eduardo Guacharná y Juan Pablo Llinás fueron profesores que le dejaron una huella.
El propio Germán Arciniegas fue su presidente de tesis titulada El Estado, La Iglesia y la Escuela. Su argumento estaba centrado en la trascendencia social que tenía para Colombia asumir una separación de la Iglesia y el Estado, y promover una escuela donde brillaran las libertades de culto, de enseñanza y de opinión. Para graduarse tuvo que pasar por las manos de tres examinadores: Fabio Lozano y Lozano, Moisés Prieto y Rodrigo Jiménez Mejía. El 10 de noviembre de 1938, cuando recibió el título de manos del rector Jorge Eliécer Gaitán, entregó a los asistentes ilustres el folleto con sus ideas.
Litigó un año en Bogotá. Fue Fiscal del Juzgado Primero Superior de Manizales. Luego fue elegido Fiscal del Tribunal Superior de Manizales y del Contencioso Administrativo. En esa época le compró a don Eduardo López por $130, a crédito y con la firma de tres letras de cambio, su máquina de escribir Underwood, la que todavía conserva y en la que escribió tres libros.
En su casa de Armenia, en compañía de dos de sus tres hijos, guarda la esperanza de ver publicado el último: Ensayos sobre el Simón Bolívar desconocido.