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En medio de la crisis del sistema carcelario, agudizada por la pandemia del nuevo coronavirus, reapareció un personaje que hasta ahora había permanecido alejado de cámaras y micrófonos: el hacker Andrés Sepúlveda. Sentado en una silla plástica, vestido con jean y suéter rojo, el hombre al que se le acusó de liderar una compleja red de espionaje a los delegados del Gobierno en las negociaciones de La Habana, sentó su voz de protesta desde La Picota por las medidas tomadas para enfrentar el COVID-19 en las prisiones y porque, como contó este diario, el Inpec propagó el virus a esta y otras cárceles al trasladar a internos en un bus.
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Rodeado de más internos del patio 16, donde están recluidas las personas de más alto perfil criminal en La Picota, Sepúlveda leyó un comunicado: «Están desarrollando un paseo de la muerte para la población privada de la libertad. Así quedó expuesto cuando los presos protestamos en defensa de nuestros derechos fundamentales, que son cotidiana y sistemáticamente vulnerados (…), ante la inminente y real presencia del COVID-19 en las prisiones y se recibió como castigo irresponsbales traslados».
(En contexto: El bus del Inpec que esparció el COVID-19 a tres cárceles del país)
A su lado, asimismo, había un bus de cartón emulando un vehículo del Inpec, por ruedas tenía pesas de gimnasio, y fue bautizado por los internos «la ruta del terror». Con él querían representar el bus que salió de la cárcel de Villavicencio el pasado 1 de abril con rumbo a los penales de Florencia, Guaduas, Yopal y La Picota, en Bogotá, donde poco a poco se han ido confirmando casos de coronavirus.
En La Picota ya hay cinco casos del nuevo coronavirus, entre los que están dos internos que habían sido trasladados de Villavicencio y otros tres que entraron en contacto con ellos. El ambiente en la prisión, nos dijo un guardia, es de «tensa calma», pues por primera vez internos y dragoneantes están del mismo lado en una discusión: todos tienen miedo de contagiarse.