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Esta historia empezó el 7 de agosto de 2018, día de la posesión del presidente Iván Duque, cuando Ernesto Macías, haciendo de vocero del ala más radical del uribismo, le exigió públicamente que cambiara la cúpula militar. Eso implicaba cambiar la política pública, ideologizar las Fuerzas Militares y apostarle a la doctrina del enemigo interno. Una tesis que viene desde la guerra justa, que se resume en la justificación de que el Estado tiene derecho a matar. ¿A quién? Al enemigo, al enemigo del Estado. Esa es la política de la negación del diálogo y la aniquilación del diferente. Y la negación del diálogo implicó la negación de las víctimas, primero; luego la negación del conflicto, y después la negación del Acuerdo de Paz.
Así que pusieron a Guillermo Botero como ministro de Defensa. Cambió la cúpula e ideologizaron a una parte, no toda, de las Fuerzas Militares. Y empezó el país a ver hechos concretos. Botero no era un ministro incapaz o desorientado, al contrario, era el agente eficaz de esa política de ideología del enemigo interno. Cuando apareció la circular que revivía los falsos positivos, y que se cayó gracias a las denuncias de los medios de comunicación. Cuando Botero decidió bajar el estándar de precisión de los ataques aéreos, cuando empezó a negar el asesinato de los líderes sociales o a justificarlos. Ahí empezaron a recrear enemigos. Se atrevió a decir que el asesinato de Dimar Torres fue producto de un forcejeo, y luego, en el colmo de la indolencia, a decir que el problema de seguridad era que se robaban la ropa de las cuerdas. No era suficiente recrear enemigos internos, estimular las disidencias, desesperadamente intentar revivir a las Farc ahora desarmadas. También maximizaron al incómodo dictador y gobernante de Venezuela para tener un nuevo enemigo que reemplazara a las Farc, que nosotros desarmamos en el Acuerdo de Paz. Ese fue el preámbulo del debate que tumbó a Botero.
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Entonces uno observa que, en la práctica, ese ministro estaba concretando la ideología del enemigo para devolvernos a la guerra. Los debates que se hicieron a propósito de los falsos positivos, las fallas en seguridad o del asesinato de líderes sociales, simplemente acumularon una masa crítica en la opinión. Sin los debates anteriores al mío seguramente no hubiéramos llegado al punto de inflexión que le costó la caída al ministro. ¿Cuál fue ese punto de inflexión? Cuando las comunidades me advirtieron, en tiempo real, que algo raro le ocurrió a un vecino, que se trataba de un campesino de nombre Flower Trompeta. Angustiados, me dijeron que los militares se lo llevaron y, un tiempo después, precisaron la dramática sentencia: lo mataron.
Entonces empecé a buscar información sobre el hecho. Me llamó la atención que el ministro hubiera informado que se trataba de una persona que había muerto en combate. Era un combate curioso, por muchas razones. Curioso que un solo hombre decidiera enfrentar a un convoy del Ejército. Curioso que decidiera hacerlo en la finca de su abuela. Y más raro aún, que para dar de baja por la espalda a ese hombre, utilizaran un pesado arsenal que incluía hasta lanzagranadas. Muy raro me pareció que ese “peligroso” delincuente muriera fusilado por la espalda a dos metros de la casa de su abuela, hacia donde huía tratando de refugiarse. Es evidente que estamos ante un caso sin respuesta, y muy similar al de Dimar Torres.
Ese fue mi primer debate de control político al ministro. Sus respuestas fueron insatisfactorias frente a ese tema, pero también sobre la erradicación de cultivos, que más parece otro falso positivo, porque es imposible que reciban 200.000 hectáreas, proclamen la erradicación de 80.000, pero sigan teniendo las mismas 200.000. Una resiembra del 100 % sería un fracaso absoluto, y un imposible agrológico. De suerte que allí puede haber es una falsa erradicación. Como no dio respuesta a esos temas, entonces me declaré como citante insatisfecho y exigí la segunda sesión, que es la audiencia de censura.
En ese intervalo, que fue de una semana, personas que vieron el debate se acercaron a darme la información sobre la tragedia del Caquetá. Les recibí la información y pude darme cuenta de que el “tal operativo impecable”, donde había caído alias Cucho, no había existido. Que lo que hubo fue un bombardeo decidido a las carreras, el mismo día que Iván Márquez anunciaba su disidencia, y con la intención de que Botero quedara bien frente al Gobierno, informando que el mismo día del realzamiento en armas ya había golpeado a las disidencias. Una ocasión perfecta para no dar explicaciones y omitir que decidió hacerlo a pesar de que la información de inteligencia le advirtió que allí había unos campamentos, pero que también sabían que allí había menores.
Con esas evidencias la moción de censura se hizo inatajable. El país había visto cómo el ministro no solamente había ordenado el bombardeo, desoyendo el Derecho Internacional Humanitario, sino que previamente había expedido la directriz que permitió bajar los estándares de precisión. Directriz que está vigente, increíblemente, porque esa decisión deja abierta la puerta para que otros civiles puedan morir y no pasen de ser “daños colaterales”, como lo plantea la directriz. Como ocurrió con esos ocho niños y niñas, que tal vez sean más. Ante esto, la respuesta fue un balbuceo que denotaba carencia de razones y ocultamiento de detalles sobre lo ocurrido. Una torpeza que hizo obligatoria la caída de Botero. Y paradójicamente, ese hecho político significó un sacrificio personal muy costoso. Al siguiente día mi teléfono y mis redes sociales, pero lo que es peor, los de mis hijos y mi familia en general fueron bombardeados con amenazas e insultos. Tuvieron que salir del país, y aunque me taladre su ausencia al llegar a la casa, prefiero que estén lejos pero tranquilos. El reglamento del Congreso señala que entre la audiencia de moción de censura y la votación hay ocho días de plazo. Plazo en el que Botero renunció y el Gobierno se dedicó a “convencer a congresistas”, a sobornarlos para promover el filibusterismo, y que no asistieran. Eso hizo imposible lograr la votación. Mantener las mayorías fue más difícil que tumbar al ministro, pero si no tenemos mayorías en el Congreso, sí las tenemos en la calle, porque, entre otras, lo que la gente de la movilización está pidiendo es un país en paz y con futuro, es decir, la implementación integral del Acuerdo Paz.
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*Senador de la República por el Partido de la U.