Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Nicolás Ramos, neonatólogo y presidente de la Sociedad Colombiana de Pediatría, no entiende por qué los colombianos se indignaron la semana pasada por la muerte de un oso de anteojos —incluyendo la recompensa que ofreció la Policía Nacional por información sobre los hechos—, pero llevan años de indolencia frente a los problemas de mortalidad y desnutrición infantil en Colombia. Con cifras oficiales en mano, insiste en que el Ministerio de Salud no está siendo claro frente al tema.
En las últimas semanas los medios de comunicación han hecho un gran alboroto sobre muertes por desnutrición en La Guajira. Desafortunadamente, toda la información queda al final envuelta en un aura de dudas. Nunca se sabe cuáles son los niños muertos. Ni cuántos son. Ni dónde están. Ni las causas exactas de su muerte.
El viceministro de Salud, Fernando Ruiz, aseguró la semana pasada, tras visitar la región, que las recientes muertes de tres niños en el Caribe (uno en La Guajira y dos en Barranquilla) no podían atribuirse de forma directa a la desnutrición. Los voceros de la Sociedad Colombiana de Pediatría, quienes se dieron a la tarea de revisar las cifras oficiales, creen que las cosas no se están diciendo como son, que hay otra mirada más profunda a los números, y piden que el Gobierno “se ponga al frente del problema y no tape el sol con las manos”.
De acuerdo con los pediatras, la desnutrición en niños de La Guajira y otras zonas del país es un problema histórico que exige una política de alto nivel para ponerle fin. En un intento por ordenar datos en medio de la confusión, los pediatras recordaron que el último Boletín Epidemiológico del Instituto Nacional de Salud, para 2014, registró en todo el país 299 muertes de niños menores de cinco años por diferentes patologías, pero que presentaban también desnutrición en algunos de sus diagnósticos. La misma fuente señala que en el año 2015 se presentaron 260 casos similares. Estas son cifras oficiales. Ramos recordó que existe un subregistro y muchos casos no son consignados.
¿Qué ha pasado en 2016? Hasta la cuarta semana del año se habían notificado once muertes de niños menores de cinco años por diferentes patologías y con signos de desnutrición. Los casos corresponden a las entidades territoriales de Meta, con tres casos, y Bogotá, Boyacá, Magdalena, La Guajira, Santa Marta, Chocó, Vichada y Tolima con un caso.
“Es claro desde el punto de vista médico que los niños que mueren por desnutrición, generalmente tienen como causa última de muerte una infección asociada, y que es justamente la desnutrición la que precipita finales fatales”, explicaron los pediatras.
Pero los pediatras insisten en que hay unas poblaciones más vulnerables que otras y a ellas deberían dirigirse los esfuerzos políticos. Casi la mitad de las muertes debidas o asociadas a desnutrición ocurre entre la población indígena, compuesta apenas por 1’378.884 personas. Es decir, un niño indígena corre un riesgo 24 veces mayor de morir por desnutrición.
“Más allá de las declaraciones del viceministro de Salud, en las cuales señala que las últimas tres muertes infantiles en la etnia wayuu no son debidas a desnutrición, está claro que la población indígena vive en situación extrema de vulnerabilidad y la muerte en estos casos corresponde a la sistemática vulneración de sus derechos fundamentales al agua potable, alimentación adecuada, acceso al sistema de salud, nivel educativo, entre otros”, reclamaron los voceros de la Sociedad de Pediatría.
El economista guajiro Weildler Guerra escribió que “es hora de ir más allá de la mera indignación nacional pues la conciencia no se calma con el envío al desierto de miles de botellas de agua envasadas en plástico que nada solucionan y que empeoran aún más la actual situación”.
Y propuso que instituciones como Bienestar Familiar revisen a fondo el enfoque asistencialista de sus programas y apunten a “fortalecer las actividades económicas wayuus con el fin de erradicar el hambre y construir sistemas alimentarios sostenibles e inclusivos”.