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La apariencia de su postre o enlatado de salchichas favorito, ese aroma que le retuerce el estómago y ese color rojo intenso que lo hace apetecible y tanto llama su atención, podrían no ser del todo reales. Si pudiera ver cómo luce realmente una salchicha ultraprocesada al salir de la máquina, con su color blanco, grisáceo o pálido, ¿está seguro de que la comería?
Durante décadas, la industria alimentaria global ha invertido tiempo y millones de dólares para que los alimentos que llegan a las estanterías sean irresistibles a los sentidos.
“Se conocen como aditivos y no tienen ningún aporte nutricional. Son sustancias que pueden ser sintéticas o de origen natural, con propiedades organolépticas”, define Diana Trejos, presidenta de la Asociación Colombiana de Nutrición Clínica. Organoléptico, del griego órganon que significa “órgano” y lēptikós que significa “receptivo”, hace referencia a todo aquello que puede afectar nuestros sentidos más básicos: el color, el sabor, el aroma y la textura. La comida no los necesita, pero se usan para que se vea y se “sienta” más atractiva. “Todo entra por los ojos”, se escucha hace mucho en las cocinas colombianas.
El uso de estos aditivos es tan antiguo y masivo, que poco se hablaba de ellos en los medios de comunicación o en las mesas de los hogares, hasta ahora, que Estados Unidos acaba de “prohibir” uno de los más populares. El pasado 15 de enero, la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) publicó una decisión que puso a hablar al mundo de colorantes: le dio dos años a la industria alimentaria y tres años a los fabricantes de medicamentos para dejar de usar el FD&C Red No. 3, un aditivo utilizado ampliamente para darle a productos como los cereales y las golosinas ese particular y brillante color rojo. Ese mismo colorante se usa y está aprobado en Colombia hace aproximadamente 40 años.
Las razones de la agencia estadounidense para prohibirlo están relacionadas, dijo, con posibles riesgos para la salud. Pero hay matices muy importantes. “La alerta que salió en Estados Unidos se dio por una petición que le hacen a la FDA. Ellos revisaron evidencia en animales, no en humanos, en donde aparentemente se asocia ese colorante a lesiones cancerígenas. Toman la decisión por un mandato legal que tienen, llamado Cláusula Delaney”, explica Alba Rocío Jiménez, directora del área de alimentos y bebidas del Invima. “La FDA es una de las agencias sanitarias de referencia que nosotros en el Invima revisamos constantemente, pero no es la única”.
Varias cosas son importantes acerca de la decisión de la FDA. En primer lugar, respecto a la posibilidad de lesiones cancerígenas, la agencia sanitaria de EE. UU. toma en cuenta evidencia que muestra que este ingrediente causa cáncer en ratas de laboratorio macho expuestas a altos niveles de FD&C Red No. 3, debido a un mecanismo hormonal propio de estos animales. Pero ese mecanismo, aclara la FDA, no ocurre en otros animales ni en humanos. De hecho, explica que los estudios que se han hecho “no mostraron el mismo efecto y no hay evidencia que demuestre que FD&C Red No. 3 cause cáncer en humanos”.
Los científicos saben que los experimentos y hallazgos en animales como las ratas siempre tienen un limitante: los resultados no se traducen automáticamente a los seres humanos debido a diferencias biológicas que hay entre las especies. Por eso, cuando cualquier investigación publica resultados basados en experimentos con ratas, se considera que es evidencia que aún tiene un nivel de incertidumbre y que necesita ser revalidada en estudios adicionales realizados en modelos más representativos, o directamente en humanos.
Entonces, si la FDA reconoce que no hay evidencia de que el colorante FD&C Red No. 3 cause cáncer en humanos, ¿por qué lo prohíbe? Trejos no descarta que haya sido una decisión con intereses comerciales. “Las razones para tomar estas determinaciones pueden no ser siempre de salud pública, sino de producción de alimentos”, dice. La decisión de la FDA resalta que, mientras otorga entre dos y tres años a las industrias estadounidenses para dejar de usar el colorante, decide que en los productos importados la restricción será inmediata. Puede haber una intención por proteger la competitividad de los productos locales frente a algunos importados. Colombia no importa gran cantidad de alimentos a Estados Unidos, así que en nuestro caso, esa restricción no representa gran cosa.
En EE. UU., además, existe la llamada Cláusula Delaney de la Ley Federal de Alimentos, Medicamentos y Cosméticos. Promulgada en 1960, esta cláusula prohíbe la autorización por parte de la FDA de un aditivo alimentario o colorante si se ha descubierto que induce cáncer en seres humanos o en animales. Es decir, la FDA está obligada a revocar o prohibir el uso de un aditivo alimentario, incluso si no hay evidencia en humanos, pero sí la hay en animales, como ocurrió en esta ocasión. Pero esa norma no existe en países como Canadá y en organizaciones como la Unión Europea, donde el mismo colorante, conocido como eritrosina, se sigue usando (aunque con restricciones que varían de país a país).
Sin motivos para alarmarse
En Colombia tampoco existe una norma similar a la que tiene EE.UU. “Este colorante, además, está autorizado en el Codex Alimentarius. Para que un colorante sea incluido allí, se requieren años de trabajo y muchos estudios”, explica Jiménez, del Invima. El Codex Alimentarius, o “Código Alimentario”, es un conjunto de normas, directrices y códigos de prácticas aprobado por una comisión conjunta de la FAO y la Organización Mundial de la Salud (OMS). Su objetivo principal es proteger la salud y promover prácticas justas en el comercio alimentario.
Las normas del Codex establecen requisitos para garantizar que los alimentos sean seguros para el consumo y puedan comercializarse internacionalmente. “Para nosotros, el Codex es un referente que brinda mucha seguridad y certeza científica. En este momento, el único gobierno que ha prohibido ese colorante es Estados Unidos. Entonces, por ahora, en Colombia estamos tranquilos y no tomaremos una decisión apresurada”, anuncia Jiménez.
Desde el Invima tienen un ejemplo que puede explicar su tranquilidad. Los aditivos son sometidos a evaluaciones de toxicología para estimar qué tanto impacto podrían tener en la salud de las personas. En el caso del colorante Red No. 3, las cantidades autorizadas en las formulaciones en Colombia permiten hasta un máximo de 300 miligramos por kilo de producto. Se estima que una persona de 70 kilos, por ejemplo, debería consumir en un día más de 2.3 kilos de un producto que contenga el colorante en su concentración máxima (no todos lo usan en ese límite superior), para alcanzar los niveles de riesgo, lo que es altamente improbable en la dieta normal de una persona.
Sin embargo, el Invima anuncia que sí desarrollará una revisión a la evidencia científica de este colorante, que se hará en conjunto con el Ministerio de Salud. “Tenemos una dificultad y es que en regulación nos hacen falta muchos esfuerzos. La norma no ha sido actualizada en muchos años”, dice Trejos.
Precisamente, desde el Invima señalan que están trabajando en una próxima actualización de la resolución 10593 de 1985 que autoriza el colorante Red No. 3 y otros más. Allí se especifica una clasificación que diferencia colorantes naturales, los similares a los naturales, los artificiales y hay otra categoría llamada “colorante caramelo”, que son muy utilizados en bebidas gaseosas. “Es muy probable que en la nueva reglamentación esa clasificación quede en nuevos términos”, dice el Invima.
La nueva regulación buscaría incorporar las disposiciones más recientes y las evidencias científicas acumuladas sobre el uso de colorantes. “El objetivo es que la lista de aditivos permitidos se adapte a las nuevas evaluaciones de riesgo, promoviendo un uso responsable de estas sustancias en los alimentos sin poner en riesgo la salud de las personas”, explican desde el Invima. Aunque no existe evidencia de que el colorante Red No. 3 cause cáncer en humanos, y por ende, la reciente prohibición en Estados Unidos debe interpretarse con calma y sin alarmismos, también es cierto que la ciencia ha identificado en los últimos años algunas cosas que exigen una mayor atención hacia los colorantes sintéticos.
Salud y colorantes
En 1856, un joven químico británico de 18 años llamado William Henry Perkin estaba intentando crear quinina sintética, un compuesto utilizado en aquellos años como tratamiento para la malaria, cuando cometió un error y produjo el primer colorante sintético. Fue una “serendipia”, como llaman en ciencia al descubrimiento de algo valioso o interesante, mientras se buscaba algo completamente distinto.
Perkin estaba estudiando las propiedades del alquitrán de hulla, un subproducto del combustible de coque que se genera al calentar carbón. Su objetivo inicial era extraer quinina de este material, pero lo que obtuvo fue un polvo oscuro. Cuando limpió el recipiente en el que estaba haciendo sus experimentos con alcohol, notó que el residuo tenía un color púrpura brillante que no había visto nunca.
Al año siguiente, había creado junto a su familia una empresa para producir tintes. Sus hallazgos abrieron una época de experimentos con alquitrán de hulla, en la que los químicos crearon de todo, desde vainilla artificial hasta medicamentos para la piel.
Pronto, los colorantes derivados del alquitrán de hulla comenzaron a usarse ampliamente en la industria de alimentos. Desde mantequilla (se utilizaban para darle un color amarillo atractivo, especialmente en épocas del año en que la dieta de las vacas hacía que la mantequilla tuviera un color más pálido), hasta alcohol (en bebidas como licores y cócteles, se usaban para mejorar su apariencia). Cien años después, los colorantes sintéticos ya no se sintetizan a partir de alquitrán de hulla, pero sí a partir de materias primas obtenidas del petróleo. Por ejemplo, el Red No. 3, centro de esta discusión, surge de la transformación de derivados petroquímicos, como el tolueno, que es un compuesto obtenido del petróleo.
“Pero no todos los colorantes son sintéticos. Hay algunos naturales, que se extraen de los mismos alimentos. Por ejemplo, la clorofila, que proporciona el color verde, se obtiene de las hojas de las plantas. La betalaina, que da tonos rojos o púrpuras, se extrae de la remolacha. O las antocianinas, que se extrae de frutas como las cerezas, moras y arándanos”, explica Briana Gómez Ramírez, investigadora y profesora de la Escuela de Nutrición y Dietética de la Universidad de Antioquia. Pero la extracción de pigmentos naturales no es tan sencilla, es un poco más costosa y, además, no brillan ni duran tanto.
La evidencia de algunos potenciales riesgos en salud de esos colorantes sigue siendo objeto de debate, pero es creciente. “En lo que más se ha avanzado y hay un relativo consenso, es en el riesgo de alergias”, dice Gómez.
La FDA señala que es posible, aunque poco frecuente, tener una reacción de tipo alérgico a un colorante. Por ejemplo, el FD&C Yellow No. 5, utilizado ampliamente en alimentos (por ejemplo, bebidas, postres, dulces y cereales para el desayuno), medicamentos y cosméticos, puede provocar picazón y urticaria en algunas personas. En Colombia, el Invima nos confirmó que no conoce de ninguna reacción de ese tipo en los 40 años que los colorantes se han usado en el país.
Sobre otros potenciales riesgos, el debate está más empantanado. Por ejemplo, se ha sugerido una asociación entre la exposición y consumo de colorantes con afectaciones en el comportamiento de los niños. En 2022, la Oficina de Evaluación de Riesgos para la Salud Ambiental de California (OEHHA), una entidad encargada de evaluar y analizar los riesgos ambientales para la salud pública, publicó una revisión de los estudios existentes sobre los efectos neuroconductuales de los colorantes sintéticos en los alimentos y su impacto en los niños. La revisión incluyó investigaciones tanto epidemiológicas como estudios de toxicología animal, identificando 27 ensayos clínicos de niños expuestos a estos colorantes.
Los resultados mostraron que en un 64% de los casos se halló evidencia de una relación positiva entre la exposición a los colorantes y alteraciones en el comportamiento, y en más de la mitad de los estudios, la asociación fue estadísticamente significativa. Sin embargo, el debate sigue abierto. En 2011, la FDA decidió estudiar si los datos pertinentes disponibles demuestran que existe un vínculo entre el consumo de colorantes certificados en los alimentos por parte de los niños y los efectos adversos sobre su comportamiento y concluyó que no se había establecido ese vínculo: “Se necesitan más investigaciones neuroconductuales para explicar las posibles vías subyacentes a estas sensibilidades”.
Frente a si estos colorantes pueden desencadenar procesos cancerígenos en el organismo, el debate es igual de difícil. Algunos investigadores como Lorne J. Hofseth, director del Centro de Investigación del Cáncer de Colon de la Universidad de Carolina del Sur, han estado estudiando los efectos de estas sustancias en el desarrollo del cáncer colorrectal.
“Si bien la investigación sobre el riesgo potencial de cáncer de los colorantes alimentarios sintéticos recién está comenzando, creo que debería pensarlo dos veces antes de comprar ese colorido dulce”, escribió en 2022 en la revista especializada The Conversation. Hofseth defiende que hay evidencia que sugiere que las bacterias del intestino pueden descomponer los colorantes sintéticos en moléculas asociadas con la aparición del cáncer. Sin embargo, Hofseth reconoce que es necesario realizar más investigaciones sobre la interacción entre el microbioma y los colorantes sintéticos, así como el riesgo potencial de cáncer.
En este punto, hay que ser claros: ninguno de los aditivos usados en Estados Unidos y Colombia tiene una asociación comprobada con efectos negativos en la salud como el cáncer. Esto no significa que los estudios hayan terminado. Es posible que, con el paso de los años, sepamos cada vez más del efecto de estas sustancias en el cuerpo o de su potencial riesgo, lo que puede ser suficiente (ya lo ha sido en otros países) para imponer restricciones o incluso prohibiciones. Es un camino que aún no se termina de andar.
¿Qué puede hacer, mientras tanto, el consumidor? Tanto en Estados Unidos como en Colombia, los productos alimenticios tienen que informar en sus etiquetas si usan colorantes (u otro tipo de aditivo) en su fórmula. La FDA sugiere que los padres que deseen limitar la cantidad de colorantes en la dieta de sus hijos, lo pueden hacer consultando la lista de ingredientes. Lo mismo indica el Invima, en Colombia.
Trejos, de la Asociación Colombiana de Nutrición Clínica, cree algo similar. “Es un trabajo entre todos. Entre más informado este el consumidor, más exigente es. Toda la transformación que se ha dado en el mundo respecto al azúcar, por ejemplo, nació del mismo consumidor, que lo exigió. En la medida que el consumidor empezó a pedir productos sin azúcar, la industria los desarrolló. Lo mismo podría ocurrir con los colorantes. ¿Y si, quizá, ya no nos importa que el pastel sea tan, tan blanco? Puede ser color habano, para no usar dióxido de titanio (utilizado principalmente para dar un color blanco brillante y opaco). Son pequeñas cosas que si nos sentamos a hablar entre todos, podemos acordar”.
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