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Un matrimonio que empezó y terminó por Internet

En El Espectador queremos explorar de la mano de nuestros lectores cómo la tecnología está redefiniendo la forma en que nos relacionamos. Si quieres hacer parte de este experimento puedes mandarnos tu historia a kdelahoz@elespectador.com.

18 de septiembre de 2015 – 10:12 p. m.

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No estoy muy segura de por qué escribo mi historia. Quizás lo que quisiera es que dejáramos de idealizar las relaciones por internet porque, a diferencia de otros cuentos de hadas, el mío no tuvo final feliz.

Hace ocho años mi primer amor de infancia me encontró por Facebook. “Esperó que seas tú y me recuerdes”, fueron las palabras finales de su primer mensaje. Sí, era yo y lo recordaba, a pesar de haberlo conocido en unas vacaciones en otro país cuando yo tenía 13 años. Dos décadas después ese mensaje despertó las mariposas en mi estómago.

Empezamos un sinfín de conversaciones, en esa época a través de Messenger y luego por Skype. Nos encontramos después de algunas semanas en un lugar neutral y a partir de allí los planes para estar “juntos por siempre” se pusieron en marcha. Después de muchos viajes y un largo papeleo, acaso eterno, nos casamos casi un año después de ese primer encuentro virtual.

Por diversas razones y miedos ninguno tomaba la decisión de dejar su vida en su país de origen e ir tras el otro. La relación se mantuvo así durante seis años: encontrándonos cada tres o cuatro meses y cuando estábamos lejos nos conectábamos desde el amanecer con un mensaje de buenos días en el chat de Blackberry, y luego Whatsapp, hasta quedarnos dormidos escuchando la respiración del otro por Skype. Era muy doloroso estar lejos, pero yo no perdía las esperanzas de hacer posible un futuro juntos, en el mismo espacio.

Un día descubrí que los mensajes se habían hecho menos frecuentes y me atreví a preguntar eso que tanto temía: “¿Hay alguien más?”. La respuesta tardó unos minutos en llegar, pero fue igual de breve: “Sí, perdóname”. Pasaron meses antes de que quisiera contestarme una llamada, meses en los que mi mundo se volvió oscuro.

Ante esta situación sólo me quedaba tramitar el divorcio, pero él evitaba el tema, ignoraba los mensajes y no firmaba los papeles. Un día me dio por indagar en Facebook y de conocido en conocido di con el perfil de la mujer con la que él estaba ahora. El descubrimiento no pudo ser más doloroso, pues incluyó ver fotos de su reciente matrimonio.

Hoy, después de muchas citas con el psicólogo y varias cajas de antidepresivos y píldoras para dormir, mi vida sigue y hasta soy feliz. Esto a pesar de nunca haber tenido una conversación final cara a cara, de adelantar un proceso penal en su país por bigamia y tener pendiente ese divorcio que aún no sé por qué nunca quiso firmar.

Las redes pueden despertar sentimientos, hacer posible por algún tiempo relaciones y también causarte un profundo dolor. Por esto soy de esos extraños personajes que hoy no usan Facebook.

 

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