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La ministra de Ambiente, Lena Estrada Añokazi, publicó esta semana una serie de trinos que desconcertaron a varios científicos. En ellos, se refería a un animal que ha cobrado una gran popularidad en los últimos años, gracias a Disney: el chigüiro o, capibara, como lo llaman en Argentina y Brasil. Estrada empezaba sus tuits negando que en su ministerio hubiese una resolución en trámite para autorizar la caza comercial de chigüiros. “No es viable”, escribió. “La biodiversidad no es un negocio a costa del equilibrio ecológico”.
Su decisión, que también publicó en un comunicado, alegró al sector animalista. La senadora Andrea Padilla (Partido Verde) celebró que la ministra frenara esa idea que, en una petición en change.org que lideró, tildaba de “locura”. Un “despropósito ambiental”, lo llamó en un video, pues contradecía la consigna de “Colombia, potencial mundial de la vida”, del gobierno Petro. “Los capibaras vivirán en tranquilidad”, le respondió otro usuario agradeciéndole, mientras videos de influencers que habían criticado a Estrada y celebrado la vida de los chigüiros y su “paz” volvían a tomar vuelo.
Los que no quedaron nada contentos fueron los científicos que, por décadas, han estudiado a los chigüiros y su comportamiento en los Llanos Orientales. Vieron con mucha sorpresa ese giro de 180 grados que daba la ministra.
Aunque en entrevista con este diario, Estrada reitera que no estaban construyendo una resolución, tres académicos que hicieron parte de las mesas técnicas cuentan una versión completamente distinta: todos dicen que el proyecto de resolución sí existía y lo habían trabajado.

“Sí había una resolución que, incluso, llegó al viceministerio y se devolvió para varias discusiones”, dice Hugo López, que lleva, al menos dos décadas, estudiando a esa especie. Biólogo, doctor en Ecología y director del Proyecto Chiguiro, del Grupo en Conservación y Manejo de Vida Silvestre de la U. Nacional, no oculta su disgusto: “Me parece poco técnico, irrespetuoso con la Universidad y con los investigadores. Una decisión de un país megadiverso no se puede tomar en plataformas como X o Facebook”.
La otra prueba que no cuadra en la versión de la ministra es un comunicado que envió a los grupos de prensa el 12 de junio de este año. En él, la cartera de Lena Estrada, era clara: se encontraba en un proceso de formular una resolución que buscaba “establecer el cupo global para la caza comercial del chigüiro” y que “cuenta con respaldo legal y técnico, y busca incorporar criterios de bienestar animal”. También aseguraba que la base era más de dos décadas de estudios científicos sobre la biología, distribución, dinámica poblacional del chigüiro y su estado de conservación.
Este es el comunicado del 12 de junio:
Hoy, desde el ministerio aseguran que lo borraron de la página web porque “estaba generando confusiones y malinterpretaciones”. Uno de los biólogos que estuvieron en la mesa técnica sintetiza el malestar de la comunidad de biólogos y ecólogos con ese timonazo: “Es una lástima ver cómo un proceso de discusión seria y académica, que beneficia al país y puede movernos en la línea de la sostenibilidad, se cae por el poder político de animalistas que actúan con el corazón pero con poca argumentación”.
¿Cazar para conservar?

Aunque a muchos les suene contraintuitivo que autorizar la caza comercial de chigüiros ayude en su conservación, Hugo López se arma de paciencia para explicarlo. Hay varios elementos que hay que considerar: a diferencia de otras especies, el chigüiro no está en peligro (está categorizada como de preocupación menor); en Colombia y Venezuela están las poblaciones máss grandes del mundo y, como buen roedor, tiene un buen potencial de reproducción: las hembras paren hasta dos veces por año y en cada parto pueden tener hasta ocho crías, escribía junto a su colega Elizabeth Mesa-González, en un capítulo del libro El chigüiro Hydrochoerus hydrochaeris en la Orinoquía colombiana, donde recogía la evidencia sobre esta especie.
El otro elemento que es clave, añade César Rojano, director de la Fundación Cunaguaro, que se ha dedicado a estudiar e impulsar estrategias conservación de la diversidad biológica en los Llanos, es que hay un contexto que, a su parecer, desconocen quienes se oponen a la medida: los chigüiros viven en hatos ganaderos. Son sabanas inundables en las que, señala, la mejor manera de conservar es impulsando la conservación privada. “Pero esas personas deben vivir de algo”, manifiesta. “Y, si la ganadería deja de ser rentable en algún momento, lo que tienen la mano son los cultivos de arroz, que están en un gran apogeo: están transformando miles y miles de hectáreas y eso sí es un problema”.
¿Por qué? Tanto López como Rojano, que llevan años recorriendo las sabanas de municipios como Paz de Ariporo, en el norte de Casanare, coinciden en que esos cultivos están desplazando a los chigüiros y están reduciendo su hábitat. Por el contrario, si se permite la caza comercial, que implica dejarlos crecer en un sitio, “cosecharlos” y garantizar que la población se mantenga, también se protege el hábitat.
“Pero les seguimos fallando desde Bogotá a los habitantes de Casanare»
Brigitte Baptiste
“Yo conozco hatos que desaparecieron porque los arrendaron para arroz”, agrega López. “Los dueños de esos hatos necesitan recursos para conservar y si descartamos esos planes de aprovechamiento que mantienen las poblaciones y los hábitats, van a explorar otras posibilidades como el arroz y todos lo vamos a lamentar”, reitera Rojano. Le incomoda, dice, que se sigan tomando decisiones desde Bogotá sin conocer el contexto de Casanare.
Brigitte Baptiste, rectora de la Universidad EAN y quien fue por más de 20 años directora del Instituto Humboldt, coincide y agrega un punto más: autorizar la caza comercial de chigüiros no es una idea nueva. “Se ha venido trabajando desde hace muchos años, pero siempre solía vararse cuando llegaba a manos del ministro de Ambiente de turno porque se mueren de miedo. Pero les seguimos fallando desde Bogotá a los habitantes de Casanare”. La reciente resolución, según López, empezó a trabarse desde el gobierno de Iván Duque hace, aproximadamente, tres años.
Baptiste recuerda que la idea de autorizar una caza comercial no quiere decir abrirle las puertas a que cualquier persona salga a buscar chigüiros para cazarlos. Serían los hatos llaneros los encargados, que tendrían reglas claras para llevar a cabo esos procesos, algo que también ayudaría a mejorar la relación que tienen algunos habitantes de esas sabanas con los chigüiros.
Uno de ellos, que pide reserva de su nombre, cuenta que, como no hay ninguna regulación, lo que es usual en algunos predios, son las llamadas “chigüiradas”, donde, de vez en cuando, varias personas se arman para cazar chigüiros. “En mi caso, nos tenían aburridos porque se metían a nuestro predio y, para irse rápido, despellejaban chigüiros y dejaban los restos en el agua, que terminaba contaminada. Yo sí creo que poner reglas y permitir una caza regulada, ayudaría a evitar estas prácticas ilegales y a conservarlos, porque son parte fundamental del Llano”.

Luis María Abril, que lleva 57 años en Paz de Ariporo, en la vereda Centro Gaitán, apenas se ríe cuando le preguntan por los riesgos de los chigüiros: “¡Si supieran que en cada verano se mueren miles y vuelven y se reproducen!”. A lo que se refiere es a que en la temporada seca, se merman los cuerpos de agua, indispensables para los chigüiros, y muchos (¡pero muchos, como si fuera una epidemia!) no sobreviven. En invierno, cuenta, vuelven y abundan.
Lo que también sucede durante el período de sequía en algunos predios, cuenta Ramiro Téllez, un ganadero de Paz de Ariporo que tiene una reserva natural, es que los chigüiros ocupan los pocos cuerpos de agua y terminan contaminando con heces los lugares de donde beben las vacas. En su caso, ha optado por construir unos pozos de un poco más altura para que las reces puedan tomar agua limpia. Tanto él, como Luis María Abril, están de acuerdo en que se pueda permitir algún tipo de aprovechamiento y recuerdan que es, justo, gracias a ellos y al cuidado de sus fincas, que los chigüiros abundan en el Llano.
En otro de los capítulos del libro sobre chigüiros que editó Hugo López en 2014 y que escribió en compañía de Natalia Atuesta-Dimian, Pedro Sánchez-Palomino, Olga L. Montenegro y Clara Inés Caro, presentaban el estado de esa especie en Paz de Ariporo y Hato Corozal, tras estudiar sus poblaciones por tres años consecutivos. Una de las cosas que observaron es que había tantos individuos en dos hatos de Paz de Ariporo que, en algunos casos, excedían la capacidad de carga del hábitat, es decir, que había más animales que los que un área puede resistir para seguir brindándole recursos (agua o alimentos) a la especie.
Hoy la propuesta de López es sencilla: “Implica que el Ministerio tome la decisión: nosotros decimos que sea el 10 % en zonas donde haya más de 3 individuos por hectárea”. En el comunicado del 12 de junio, el Ministerio también veía el “aprovechamiento sostenible del chigüiro, no como una amenaza, sino como una oportunidad de conservación”.
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