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Luis Arrieta es el dueño del secreto mejor guardado de Jeison “Goku” López, campeón del mundo hace unos días e los 88 kilogramos del Mundial de Levantamiento de Pesas que se hizo en Forde, Noruega. Detrás del doble récord del mundo, en arranque y en total, el entrenador tenía un plan detallado que se empezó a cocinar desde el año pasado, cuando el chocoano alcanzó la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de París. Solo habían pasado unos días desde el podio olímpico, cuando el pesista le hizo una confesión a su técnico: “Quiero ser campeón del mundo”. Ya había sido campeón sub-17 y sub-20, pero jamás se le había dado en mayores. Por eso Arrieta le recordó esas palabras a López días antes de llegar a territorio vikingo. Y se las repetió segundos antes de entrar a escena, cuando se le acercó al oído antes de palmear sus hombros y le dijo: “Recuerda a qué vinimos”.
El secreto, dice Arrieta, está en no forzar el cuerpo más allá de lo que puede asimilar. “Con Jeison trabajamos sobre el 85 %, no más de ahí. Es un atleta que necesita recuperarse bien entre sesiones, y eso solo se logra entendiendo su propio ritmo. Hay deportistas que soportan más carga, pero él responde mejor cuando las series son precisas, cuando se respeta su curva de adaptación. Esa es la clave: individualizar. No existe una fórmula universal, solo la que cada cuerpo dicta”.
La técnica, por su parte, ha sido un trabajo quirúrgico de perfeccionamiento. “Jeison siempre ha sido muy técnico, pero había que afinar el jerk (fase final del levantamiento en la que, tras subir la barra a los hombros, el atleta la impulsa con fuerza por encima de la cabeza y la sostiene con los brazos extendidos). Tiene una cargada de 220 kilos, así que el objetivo era que ese envío estuviera a la misma altura. Llevamos años trabajando ejercicios auxiliares, repeticiones específicas, control de fatiga y coordinación. Todo está medido. La planificación se hace en ciclos cortos de carga y descarga, de tres semanas intensas y una de recuperación, para llegar al cien por ciento el día exacto. Esa precisión es lo que convierte a un buen levantador en un campeón del mundo.”
“¡Vamos, Colombia!”, se escuchó de fondo. “¡Goku, bien apoyadito!”, gritó otra. La algarabía de la salida terminó cuando el colombiano se paró frente a la barra y, con sus manos llenas de tiza de magnesio, se agachó para enfrentarse al peso. En el primer movimiento estaba la promesa del primer reto, levantar de arranque 177 kilos y establecer una nueva marca del mundo, quebrando la propia cifra que López, en el Panamericano de Cali en julio, había dejado en 176. Respiración profunda, los ojos cerrados por apenas unos segundos y el impulso directo al cielo. Entonces volvió la bulla: ¡Récord del mundo! ¡Récord del mundo!
Sin embargo, la celebración fue contenida. Todavía quedaba tarea. El oriundo de Itsmina salió unos minutos del escenario, dejó que otros actuaran y volvió al rato para romper otra marca: los 387 kilos en el total, la suma del arranque y el envión, una carga que ningún otro hombre, en la historia de los 88 kilogramos, había levantado jamás: ¡Colombia, campeón del mundo! ¡Colombia, campeón del mundo! Entonces volvieron los gritos y las celebraciones. El grito profundo de “Goku”, que abrió sus brazos y sus palmas para recibir, como si fuera un abrazo, la gloria. ¡Siuuu! Pegó un salto y celebró como si fuera Cristiano Ronaldo. Después de tanto, Jeison López alcanzó su mayor cima.
Un alto en el camino
Días después de lograda su gesta, y cualquiera podría decir que es con el periódico del lunes, el pesista asegura que siempre estuvo seguro de que iba a lograr el título. “Estaba completamente seguro. Para eso trabajamos tan duro en el último año. Un mes antes del Mundial nos concentramos totalmente para lograr este objetivo y por eso llegamos confiados de que nos íbamos a ir con todas las medallas”, confiesa. Arrieta, su entrenador, lo confirma: “De hecho, también esperábamos llevarnos los tres récords del mundo y se nos fue, por muy poco, el del envión. Son cosas que tenemos que seguir trabajando con Jeison, que es, sin lugar a dudas, uno de los atletas más técnicos que tiene actualmente el levantamiento de pesas”.
No obstante, superada la gesta y conquistada la gran cima, llega siempre el tiempo de hacer el balance. Y Jeison López siempre ha tenido una maña: le gusta mirar al pasado. A esos tiempos en que las horas más bajas construyeron los anhelos dorados del ahora. Cuando empezó, su papá no tenía dinero para sustentar su talento y entonces, después del colegio, mientras trabajaba en el negocio de su familia en Cali, empezó a vender dulces para poder reunir los $3.000 que le costaban los pasajes del bus que lo llevaba al gimnasio. Allí lo esperaban sus compañeros, los mismos que empezaron a apodarlo “Goku”, por su cabellera de aquellos años y por la fuerza descomunal que ya mostraba a los 12 años.
Como le decían tanto que tenía talento, López decidió creerles y así empezaron a llegar las competencias. “Soy chocoano, pero me hice atleta representando al Valle”, recuerda el pesista. Los rivales le sacaban muchísima ventaja. Ante su preparación de años, el precoz deportista solo podía exhibir semanas. Sin embargo, cuando se enfrentó a la barra, confirmó el presagio: levantó 62 kilos en arranque y 72 en envión. El resultado: quedó último. “No me importó. La clave de ese día fue que me di cuenta de la satisfacción que da cumplir los objetivos. Descubrí mi pasión. Estaba hecho para competir. Lo entendí ese día y entonces empecé a entrenar con más ganas”. De la nada, pero creyendo en su propia fuerza, lo construyó todo. El ascenso fue continuo y descollante. Y como Kakaroto, por su apodo de “Goku” —el personaje del anime de Akira Toriyama que llegó a la Tierra desde el planeta Vegeta—, el chocoano se convirtió en un prometido. Uno de los elegidos de las pesas colombianas para renovar la historia de gloria olímpica de las últimas décadas. Se hizo campeón nacional, panamericano y mundial en varias categorías juveniles. Estaba destinado a los mayores focos cuando una suspensión por dopaje, cuando empezaba a entrar las categorías de mayores, trucó el camino. Por eso nunca había ganado un título mundial sénior, porque desde 2018, durante cuatro años, no pudo volver a competir.
Chocó, tierra añorada
Hoy, cuando piensa en todo su camino, Jeison López se pone nostálgico. “La halterofilia fue la oportunidad que me cambió la vida”. En aquellas tardes, mirando a través del cristal del bus que lo llevaba a los entrenamientos que pagaba vendiendo dulces, la tristeza llegaba de repente y las lágrimas pesaban más que los discos que levantaba en el gimnasio. De frente a la urbe impuesta, el paisaje citadino lo hacía extrañar las gotas de lluvia que decoraban su pueblo natal. Cerraba los ojos y escuchaba el murmullo de los pájaros en la selva o el parsimonioso correr del río del Bajo San Juan, la tierra de sus ancestros de la que lo obligaron a salir huyendo.
Antes de las pesas no había hecho ningún deporte. Su cuerpo terso y fornido se formó del trabajo en la finca de su papá, sembrando pancoger y plantas de colino, cargando bultos o abonando la tierra. Con poco, recuerda, “éramos felices”. Recuerda el río, que en la añoranza de los recuerdos cada día se le hace más bonito, y también las risas de los juegos de infante, del hambre saciada cuando el estómago se ponía famélico o del suave arrullo del agua que se golpeaba contra las piedras.
Tenía 12 años ese día, cuando con su papá y su hermano tuvieron que salir corriendo de su tierra. No alcanzaron ni siquiera a recoger sus cosas cuando, pavorosos, huyeron con la misma ropa que tenían puesta ante las amenazas de la guerrilla o los paramilitares. “A esta altura ya ni me acuerdo”. La diáspora la siguió toda la familia. En cinco meses, ya ninguno se bañaba en el Río San Juan. Cali, entonces, se convirtió en una ciudad desgarradora para Jeison López. No había ni una cuadra que no le recordara el amor de su rancho, la felicidad de la inocencia y la memoria de su tierra ultrajada.
El futuro del campeón del mundo
Dos años antes de ser expulsados de Chocó, Jeison López se enamoró de las pesas un día que su mamá volvía de Cali con un periódico en el bolso. Había un artículo que hablaba de su primo, el muñeco Wílmer Torres. Y asombrado del portentoso hombre en la fotografía, con el que le dijeron que compartía su sangre, la extraordinaria fuerza del extraño, que levantaba con sus gruesos brazos la retadora barra, despertó en el niño la curiosidad que alimentaría su sueño olímpico.
Recién llegado a Cali, fue el primo, de ojo clínico, quien lo llevó al gimnasio para forjar su futuro atlético, y desde entonces “Goku” jamás abandonó el anhelo. En París confirmó con su plata olímpica su regreso triunfal tras el sufrimiento de la suspensión. Y en medio del festejo, justo antes de subir al podio, se quebró al pensar en su mamá y la casa que le había prometido si se volvía medallista olímpico. “Esto todo es para vos, mamita”
Un año después, López consiguió una nueva gesta. Una nueva hazaña que construyó con dos récords mundiales y la promesa hacia los Olímpicos de 2028, la cita en la que López espera conseguir su anhelada medalla de oro.
Deportista del año 2025
“Goku” es uno de los nominados en la ceremonia del Deportista del Año de El Espectador y Movistar, que se realizará el lunes 1° de diciembre en el edificio de la UCompensar, en Bogotá, en donde esta casa editorial premiará a los mejores atletas de la temporada, como lo ha hecho ininterrumpidamente desde 1960, en la ceremonia más prestigiosa y tradicional de la actividad física en el país.
Homenajearemos a los deportistas más destacados en las categorías Mayores, Juvenil y Paralímpica, así como a los mejores entrenadores y dirigentes. Premiaremos por primera vez la categoría “Gamer” y también entregaremos el premio al Juego Limpio Guillermo Cano, de especial significado para El Espectador.
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