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Luego de tres años en el cargo, Néstor Lorenzo cumplió la promesa: devolvió a Colombia a la Copa del Mundo. Hasta este jueves, la pesadilla de Catar todavía pesaba en la memoria: una eliminación dolorosa, por culpa de empates sin goles, delanteros desconectados y de una afición que se alejó de la selección nacional. El argentino, que había trabajado como asistente de José Pékerman en el anterior ciclo mundialista exitoso, llegó con la misión de recuperar la confianza y volver a instalar a la tricolor en el escenario más grande del fútbol. No era solo clasificar, era reconciliar al equipo con una hinchada que se sentía distante.

La séptima clasificación de Colombia a una Copa del Mundo se celebra, sobre todo, por su significado histórico. El país ha empezado a asistir de forma regular a este tipo de citas, con la única ausencia de 2022 como el lunar más reciente. Sin embargo, el contexto no puede dejarse de lado. Conmebol cuenta ahora con seis cupos directos y un repechaje, lo que facilita el acceso a la élite. En un escenario de diez equipos, era lógico pensar que la selección lograría su tiquete. La diferencia estuvo en cómo lo consiguió, en los altibajos que expusieron tanto las virtudes como las fragilidades del proceso.
Porque, más allá de los datos, Colombia sufrió. A ratos dio la sensación de tener asegurado el lugar, y en otros momentos revivió la pesadilla de quedarse por fuera. Hubo tramos de juego vistoso, con figuras como Luis Díaz, James Rodríguez o Jhon Arias sosteniendo la ilusión, pero también etapas de sequía ofensiva y defensiva que encendieron alarmas. La clasificación no se vivió como un paseo, sino como un camino de espinas que puso a prueba la fe de los jugadores y el temple del cuerpo técnico.
La irregularidad del camino: llegar al mundial nunca es fácil
El proceso de Néstor Lorenzo fue tan irregular como revelador. En la primera parte de las eliminatorias, la selección consolidó una base sólida: buen juego colectivo, resultados que alimentaron la confianza y un invicto que se extendió hasta la Copa América, celebrada en medio de las eliminatorias. Esa buena racha, de 25 partidos sin derrotas, parecía blindar al equipo de cualquier tormenta. Colombia llegó a la final del torneo continental, lo que elevó la percepción de que se estaba ante un proyecto consistente. El entrenador, fiel a su estilo, construyó un grupo estable que, más allá de las rotaciones, se sostenía en una idea clara.
Sin embargo, el partido que lo cambió todo fue posterior a esa cita continental. La visita a El Alto, contra Bolivia, rompió el idilio: primera derrota en las eliminatorias, un resultado que trastocó el ambiente de confianza. Hasta la novena fecha, todo había fluido. Incluso hubo victorias resonantes en Barranquilla frente a gigantes como Brasil y Argentina, que parecían confirmar la madurez del equipo. Fue entonces cuando la caída contra Bolivia abrió la puerta a una seguidilla negativa que mostró un rostro más terrenal de la selección.
En la segunda rueda, a falta del duelo de este martes contra Venezuela, los números fueron inquietantes: tres derrotas, tres empates y apenas dos triunfos. Una racha que incluía seis partidos sin conocer la victoria, hasta el partido contra Bolivia, y que dejó a Colombia en el límite de la incertidumbre. La sensación era contradictoria: el cupo estaba cerca, pero el presente futbolístico no daba garantías. La presión aumentaba y el margen de error se reducía. El discurso de Lorenzo, cargado de calma, contrastaba con el nerviosismo de una hinchada que revivía los fantasmas de la eliminatoria pasada.
¡@FCFSeleccionCol vuelve a la máxima cita! 🇨🇴
— CONMEBOL.com (@CONMEBOL) September 5, 2025
¡La selección de Néstor Lorenzo estará en la #CopaMundialFIFA 2026! 🇺🇸🇲🇽🇨🇦 pic.twitter.com/hJpwsM5Oy0
Por eso, la victoria contra Bolivia en Barranquilla significó mucho más que tres puntos. Fue la ruptura de la mala racha, la confirmación matemática del cupo y, al mismo tiempo, un alivio colectivo. En el balance, pesaron los “ahorros” de la primera vuelta y la ventaja que otorga el nuevo formato de clasificación. La facilidad relativa de tener más plazas permitió que la selección sobreviviera a su irregularidad.
No obstante, el partido contra los bolivianos dejó claro que no bastaba con especular: era necesario reaccionar en la cancha, mostrar carácter y volver a conectar con la gente en un estadio que celebró como si fuera una final.
Los retos para Estados Unidos, México y Canadá 2026
Con menos de un año por delante, el reto se vuelve mayúsculo. Colombia tiene la clasificación, pero no la certeza de un proyecto consolidado.
La irregularidad y las dudas conviven con los momentos de brillantez y la calidad individual de sus figuras. La tarea de Lorenzo será afinar una identidad, corregir los baches y preparar a un equipo que pueda competir de verdad en el escenario global.
El camino de vuelta al Mundial se logró, pero lo que se escriba en la gran cita todavía está en blanco.
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