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La nueva agenda geopolítica mundial está marcada por la desconfianza. Así se comprobó en la última edición de la Conferencia de Múnich, que reunió a líderes de más de 60 países para hablar sobre política exterior y defensa. Europa y Estados Unidos, aliados naturales durante décadas, parecen formar bandos cada vez más lejanos: de un lado, una agenda europea que insiste en la regulación digital, la integración y la defensa del multilateralismo, y del otro, la prioridad de los intereses nacionales y el desdén por el derecho internacional que hoy prevalecen en la Casa Blanca.
En este escenario el entorno digital es un nuevo eje en la discusión sobre seguridad nacional y soberanía. Las campañas extranjeras para manipular la opinión pública de un país, a través de redes sociales y otros medios, son una herramienta de geopolítica que cada vez deja más ejemplos.
El antecedente más evidente es el de las elecciones presidenciales en Rumania de 2024. Tras la victoria de Calin Georgescu –un candidato con posiciones a favor del Kremlin y en contra de la Unión Europea, y con pocas probabilidades de ganar–, el Tribunal Constitucional de ese país anuló el proceso. Para ese organismo los resultados habrían sido producto de una campaña de origen extranjero que coordinó la amplificación masiva de contenidos a favor de Georgescu en redes sociales, como Telegram y TikTok. Los métodos incluyeron pagos a influenciadores y redes de cuentas falsas que apoyaron masivamente al candidato.
La decisión fue extraordinaria y radical. Por un lado, muestra hasta qué punto este tipo de campañas pueden afectar la democracia, pero también plantea preguntas sobre el rigor de las medidas que pueden llegar a tomar las instituciones cuando no hay claridad ni suficiente prevención para entender lo que la Unión Europea ha denominado manipulación de la desinformación e interferencia extranjera (FIMI, por su sigla en inglés: Foreign Information Manipulation and Interference).
Pese a que es un fenómeno principalmente estudiado en Europa y Estados Unidos, las campañas de manipulación extranjera se despliegan alrededor del mundo. Entre los casos más evidentes en América Latina están la promoción, en México y Argentina, de las narrativas rusas sobre la invasión a Ucrania, la coordinación entre el partido ultranacionalista español Vox y políticos colombianos o el intento de Nicolás Maduro para mejorar su imagen en el exterior a través de un noticiero presentado por avatares de IA.
De qué hablamos cuando hablamos de FIMI
En Europa, el concepto ha sido especialmente tratado por el Servicio Europeo de Acción Exterior. Según este organismo, se trata de patrones de comportamiento manipuladores, coordinados y con participación de actores extranjeros –estatales o no– que buscan afectar procesos políticos o erosionar la confianza en las instituciones.
El fenómeno va más allá de las noticias falsas o la desinformación en términos tradicionales. Las campañas pueden utilizar contenidos que son ciertos, pero que se presentan estratégicamente para distorsionar el contexto, exacerbar divisiones o socavar la legitimidad de las instituciones.
En su infraestructura participan actores como medios de comunicación afiliados a Estados, organismos públicos y agencias de mercadeo político que actúan discretamente. Pero lo que convierte una campaña en FIMI no es solo lo que dice, sino quién la impulsa, cómo circula y con qué objetivo.
Aunque es un término reciente, es una actualización de las estrategias que desplegaron los bloques en conflicto durante la Guerra Fría. La influencia que Estados Unidos y la Unión Soviética buscaron cultivar a través de carteles de propaganda, financiamiento encubierto de medios y producción de libros y películas tiene hoy a la mano herramientas que pueden ser mucho más precisas para alcanzar sus objetivos.
Hoy es posible producir grandes volúmenes de contenido sintético a bajo costo gracias a la IA, adaptar mensajes a nichos específicos a través de publicidad digital y automatizar la distribución y amplificación de esos mensajes con cuentas falsas en redes sociales.
Por qué estas operaciones prosperan
En 2016, durante las elecciones presidenciales de Estados Unidos, se conoció que Veles, una pequeña ciudad en Macedonia del Norte, había vivido un auge en su calidad de vida gracias a una nueva actividad económica: la creación y difusión de noticias falsas en línea.
Durante la década que ha transcurrido desde entonces la industria global de la manipulación se ha seguido expandiendo. Se ofrecen a la carta servicios de amplificación artificial, granjas de bots y agencias de relaciones públicas que permiten incidir en la opinión de un país.
Más allá del interés de determinado país por lavar su imagen en el extranjero o de posicionar discursos afines a su agenda en otros territorios, hay elementos adicionales que hacen que las operaciones FIMI sean viables y rentables.
Los contextos de desconfianza, la polarización y un ecosistema mediático frágil son especialmente fértiles para que estas operaciones tengan éxito. Es más probable promover una narrativa de fraude electoral, por citar un ejemplo, si la población ya tiene dudas sobre las instituciones y si no hay medios de comunicación independientes y diversos que estén en capacidad de hacer frente a la desinformación y aclarar hechos.
A esto se suma el modelo de negocio de las redes sociales, que compiten por la atención de los usuarios. Esto incentiva a que los contenidos que despierten emociones en las audiencias –como publicaciones sensacionalistas o que causan indignación– tengan mayor alcance y visibilidad en las plataformas. Esa lógica puede ser explotada por actores que buscan amplificar mensajes estratégicos.
Los ecos de FIMI en Colombia
A pesar de que el concepto de FIMI ha intentado desarrollarse con criterios precisos, en la conversación pública la amenaza de una injerencia extranjera aparece de manera mucho más dispersa y un tono mucho más exaltado.
Durante las elecciones presidenciales de 2022, el entonces presidente Iván Duque advirtió, en términos generales y sin presentar evidencia concreta, la posibilidad de que actores externos pudieran afectar el proceso electoral. Poco antes, durante una visita a Bogotá, la portavoz de la Casa Blanca, Victoria Nuland, había señalado como un riesgo electoral las campañas de desinformación promovidas por actores externos.
La ambigüedad de esas declaraciones llevó a que algunos medios de comunicación alertaran sobre una posible manipulación extranjera. En ese caso, la falta de rigor y el tono alarmista derivaron justamente en que se publicaran narrativas desinformativas.
Ese mismo año, el expresidente Andrés Pastrana difundió la versión –que luego sería desmentida– de que el entonces candidato Gustavo Petro se había reunido en Madrid con directivos de Indra, empresa proveedora del software electoral, lo que sugería irregularidades en el proceso o incluso un plan de fraude.
La sospecha de una interferencia o manipulación puede convertirse en una herramienta política interna. La idea de que una “mano negra extranjera” pueda incidir en procesos cívicos opera muchas veces en una zona gris: aunque puede advertir sobre amenazas reales, también puede utilizarse para desacreditar a opositores o procesos sociales. En su momento, la vicepresidenta Martha Lucía Ramírez señaló que los mensajes en redes sociales que convocaron a las marchas nacionales en 2019 habían sido promovidas desde Venezuela y Rusia.
Una golondrina no hace verano
Así como el refrán, una sola publicación en redes sociales no evidencia una operación de FIMI. Hay indicadores que, sin ser concluyentes por sí solos, ayudan a identificar patrones sospechosos.
Uno de ellos es la coordinación visible. Cuando hay múltiples cuentas que publican mensajes idénticos o muy similares, es posible estar ante una campaña de esta naturaleza.
Este indicio puede ser incluso más sólido si las cuentas que amplifican los mensajes lo hacen en una ventana de tiempo estrecha, fueron creadas recientemente, tienen poco contenido propio e interactúan de forma mecánica y repetitiva. También es importante evaluar si las narrativas que se promueven se alinean sistemáticamente con los intereses de un gobierno extranjero.
La infraestructura opaca es otra señal: cuando la información aparece en páginas web sin datos claros sobre su financiamiento o propiedad, o cuando no hay suficiente visibilidad sobre quién está detrás de una campaña de publicidad en redes.
En todo caso, no hay un indicador ni una fórmula exacta para establecer cuándo se está efectivamente ante una operación de FIMI, en gran medida por la falta de claridad que hay para determinar quiénes son los actores involucrados y cuáles son sus roles en una operación.
Estas discusiones adquieren más matices en un contexto global como el de hoy, en el que –como se reflejó en Múnich– las potencias desconfían entre sí y en el que las grandes compañías de tecnología, alineadas con la nueva agenda de la Casa Blanca, tienen un nivel de incidencia en el debate público igual o mayor al de muchos Estados.
La discusión está marcada también por la competencia global por dominar el mercado de la IA. Como lo advierte un informe del Center for the Governance of Change, la captura masiva de datos y la curación de contenidos mediada por IA aumentan la capacidad de individualizar a las audiencias e incrementa el riesgo de manipulación.
Las operaciones FIMI son un riesgo real y documentado. Sin embargo, el desafío no está solo en detectar intentos reales de interferencia extranjera, sino evitar que los discursos alarmistas y el miedo terminen erosionando la democracia que se pretende proteger.
* Linterna Verde es una organización sin ánimo de lucro que analiza la conversación digital en América Latina
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