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El azul ha hechizado a múltiples generaciones y pueblos. En todos sus tonos, este color se ha usado para representar diferentes conceptos. Por ejemplo, según relató Kassia St. Clair en su libro “Las vidas secretas de los colores” el color del cielo y el mar fue asignado al duelo y lo bárbaro por los romanos; durante la edad media fue asociado con la divinidad. Por esto es por lo que el azul ultramarino, uno de los pigmentos más costosos de la historia, se usaba casi que exclusivamente para pintar el manto de la virgen María. Actualmente, el azul se asocia a la tristeza, pero también a la calma.
Sin embargo, estos tonos, por más bellos que parezcan, han estado siempre marcados por el misterio, ya que en la naturaleza son pocos los seres vivos en los que de manera orgánica se encuentra este color. Aunque lo veamos constantemente, solo el 10 % de las plantas producen flores azules y en animales es incluso más difícil encontrar.
Los humanos obtuvimos el azul de diferentes minerales o piedras como el lapislázuli durante siglos. Pero crear un pigmento orgánico ha sido una tarea más complicada. El primer tinte orgánico azul del que se tiene registro es el índigo, que proviene de la planta isatis tinctoria. Sin embargo, pocos de estos tintes han sido determinados aptos para el consumo humano o su aplicación directa sobre la piel.
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Uno de ellos fue desarrollado en Colombia a partir de una fruta selvática.
Luis Fernando Echeverri, químico farmacéutico y profesor emérito de la Universidad de Antioquia, fue quien creó el “azul de jagua”. Este pigmento azul oscuro, cuyo color puede cambiar dependiendo del pH, fue obtenido a partir de la fruta de la jagua. Según contó a El Espectador, su descubrimiento tuvo “en parte, sudor, en parte suerte y en parte serendipia”.
“Hace unos 15 o 20 años fui profesor de fitoquímica y química de productos en la Universidad de Antioquia. Esos cursos a veces los tomaban estudiantes de biología que iban en salidas de campo. Después de una de esas salidas, llegaron a mi laboratorio con los brazos manchados y me dijeron que había sido por una fruta que cogieron en La Jagua de Ibirico”.
A partir de este suceso, comenzó a investigar esta fruta capaz de teñir la piel de un color cercano al negro. “Me llevé la sorpresa de que eso era causado por unas moléculas y que reaccionaba con otras moléculas que tenían nitrógeno y daban ese color”, dijo. Con esa información partió hacia su laboratorio y comenzó a experimentar con las posibilidades del color. Como resultado obtuvo un azul que consideró “bonito”.
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Su curiosidad por esta tonalidad se quedó en ese laboratorio durante años como la conclusión de un experimento. “Yo también salí manchado de esa curiosidad. Las manos y la cara se volvieron negras”, contó.
Años más tarde, se presentó la oportunidad de desempolvar el azul de jagua que había creado. Una década después de ese primer descubrimiento, cuando ya trabajaba en un laboratorio con mejor tecnología, Echeverri conoció a una ingeniera.
De acuerdo con el químico farmacéutico, en la empresa en la que ella trabajaba se toparon con el problema de que la tinta que comercializaban ya no mantenía su color en la piel. El dilema se solucionó, pero Echeverri recordó el resultado de su experimento años atrás y decidió recrearlo. Cuando la ingeniera conoció el color, despertó el interés empresarial sobre este hallazgo. Así comenzó una colaboración longeva que resultó en la aprobación del azul de jagua para consumo humano por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos.
La primera vez que Echeverri dio con el azul de jagua exprimió el jugo de la fruta, sabiendo que en él se encontraba un compuesto llamado iridoide, que reacciona muy bien con sustancias que contengan átomos de nitrógeno. “Mi primer impulso cuando tuve ese jugo fue buscar una sustancia que tuviera nitrógeno, pero no podía usar cualquiera por temor a crear algo venenoso. No me servía de nada recrear un color bonito si era dañino. Por eso decidí tomar algunos aminoácidos que tenía disponibles. Al hacer esa mezcla, revolverla y cambiar la temperatura obtuve, después de muchos ensayos, el azul deseado”, contó.
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Según relató el investigador, no hay una única tonalidad del azul de jagua, puesto que dependiendo de la cantidad de nitrógeno se puede manipular la intensidad del color.
Más allá del azul creado al interior del laboratorio, la jagua ya era conocida por ofrecer propiedades de tinte. Diferentes comunidades indígenas a lo largo y ancho de Latinoamérica, como los Emberá, han utilizado el jugo de esta fruta para crear una mezcla con carbón con la que trazan líneas y tatuajes sobre su cuerpo que resultan en marcas negras que son visibles durante varias semanas.
Echeverri mencionó que ha visto comentarios de personas que afirman que han utilizado el jugo de la jagua como tinte y los usos de este color trascienden la coloración de alimentos.
El azul ha conquistado el mundo. La cantidad de tonos que existen dentro de esta familia de colores ha trascendido la distancia y el tiempo cambiando de significado en diferentes circunstancias. Ahora, un nuevo tono se unió a los matices que permean nuestra vida.
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