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El concepto de animal de apoyo emocional surgió en la década de 1990 en Estados Unidos, impulsado por profesionales de la salud mental que identificaron beneficios terapéuticos en la compañía de ciertos animales para personas con trastornos como ansiedad, depresión, estrés postraumático, entre otros.
A diferencia de los animales de servicio, como los perros guía, estos no requieren entrenamiento formal ni especializado; su función principal es brindar consuelo y acompañamiento a personas con diagnósticos de salud mental.
En los últimos años, la presencia de estos animales en espacios públicos y privados se ha multiplicado, especialmente en contextos como el transporte aéreo o la vivienda. No obstante, la falta de regulación específica ha dado pie a controversias sobre la legitimidad y los alcances de esta figura terapéutica.
Por ejemplo, en 2020, una pasajera intentó subirse a un avión con un pavo real como animal de apoyo. Otro caso similar ocurrió hace unos meses en el estado de Nevada, donde las autoridades incautaron siete tigres que un hombre, diagnosticado con trastorno de estrés postraumático, presentó como sus “acompañantes terapéuticos”. Los felinos vivían en condiciones inadecuadas y mostraban signos evidentes de estrés, por lo que fueron trasladados a un santuario.
Y luego está Wally, el caimán que se hizo brevemente famoso por cumplir un rol emocional con su dueño, quien afirmaba que cuidar de él lo ayudaba a sobrellevar la depresión. Es posible que así fuera. Sin embargo, también es comprensible que para otras personas encontrarse con un reptil de 1,70 metros pueda generar algo más que incomodidad, incluso si su dueño aseguraba que no “mordía”.
Y no hay que irse tan lejos: en Colombia se han presentado casos similares. En 2022, más de 20 perros fueron llevados en un vuelo como animales de apoyo emocional, lo que generó una serie de quejas y tensiones entre pasajeros. Aunque los animales viajaban en condiciones apropiadas, la situación dejó al descubierto la falta de criterios claros sobre cómo deben manejarse estos casos y qué requisitos deben cumplirse.
Estas situaciones evidencian la necesidad de normativas específicas que regulen la presencia de animales con funciones terapéuticas. El objetivo debe ser proteger tanto a los pacientes que realmente los necesitan como al bienestar de los animales y la seguridad del entorno.
El testimonio de Mónica y Trufa: un vínculo que salva
Mónica Parra, comunicadora social, encontró en Trufa, una perra rescatada, mucho más que una mascota. Diagnosticada con ansiedad, depresión y trastorno obsesivo-compulsivo desde los 18 años, Mónica vivía una realidad que la medicación ayudaba a controlar, pero que también la alejaba de sí misma. “Estaba desconectada: no hablaba, no me reía, no podía sentir. Hasta que llegó Trufa”, afirma.
Fue precisamente ella quien en un momento crítico evitó que Mónica tomara una decisión fatal. “Se subió a mi pecho, empezó a llorar, a rasguñarme, como diciéndome: ‘Estás aquí, quédate conmigo’. Ella fue mi medicina, mi cable a tierra, mi salvavidas”.
Mónica formalizó a Trufa como perra de acompañamiento, aunque no la usa con ese rol en todo momento ni lugar. Para ella, el bienestar del animal es tan importante como el propio. “Hay personas que abusan de esa condición, llevándolos a sitios donde el animal no está cómodo ni seguro. Trufa les tiene miedo a los ruidos fuertes. ¿Por qué la expondría a algo que la hace sufrir?”.
Aunque muchos animales pueden brindar consuelo, los certificados como apoyo emocional forman parte de procesos psicológicos formales para personas con trastornos diagnosticados.
Por su parte, los perros de servicio cumplen una función distinta: están entrenados profesionalmente para realizar tareas específicas que ayudan a personas con discapacidades físicas, sensoriales o psiquiátricas. Cuentan con respaldo legal y están autorizados para ingresar a lugares públicos.
Según Juan Carlos Guerrero, instructor con 25 años de experiencia en el entrenamiento de perros de servicio, “un perro de servicio está entrenado para guiar a personas con discapacidad visual, alertar a personas con problemas auditivos o ayudar a quienes tienen movilidad reducida”. A diferencia de los animales de compañía terapéutica, “estos perros son reconocidos legalmente como una extensión de la persona a la que asisten y están entrenados para comportarse adecuadamente en espacios públicos”.
El papel del psicólogo en la certificación
La psicóloga Carolina Santana Ramírez, directora de Campos, Programas y Proyectos del Colegio Colombiano de Psicólogos, advierte que no todos los psicólogos están autorizados para certificar animales de apoyo emocional. Esta labor debe ser realizada exclusivamente por profesionales de la salud mental con formación clínica, experiencia en evaluación psicológica y conocimiento del marco normativo.
La certificación no puede responder simplemente al deseo del paciente de estar acompañado. Debe basarse en un análisis riguroso, con un propósito terapéutico definido y beneficios concretos. Santana ha observado un aumento en la demanda de estas certificaciones; en algunos casos, ese interés obedece más al deseo de evitar costos o dejar a la mascota sola, que a una necesidad real. Esto, advierte, banaliza el proceso y puede restarle legitimidad a una herramienta que, usada con responsabilidad, puede transformar y salvar vidas.
El psicólogo clínico Santiago Herrán Camelo comparte esta visión. Aunque un animal puede convertirse en un salvavidas emocional, también requiere cuidados, respeto y un rol claro dentro del proceso terapéutico, ya que existe el riesgo de generar una dependencia emocional patológica. En ciertos casos, explica, las personas pueden depender excesivamente del animal, lo que interfiere con el tratamiento psicológico y puede generar aislamiento, ansiedad o conflictos con su entorno. Esto puede obstaculizar los avances que se buscan fomentar con la terapia.
En Colombia, la regulación sobre este tema aún está en etapas iniciales, lo que dificulta garantizar tanto la protección de las personas como el bienestar de los animales. Casos como el de Mónica y Trufa evidencian el valor de estos vínculos, pero también la necesidad de establecer procesos definidos.
El auge del movimiento pet friendly ha abierto espacios para la presencia de animales en la vida cotidiana, pero la falta de reglas ha generado situaciones complejas: animales no preparados, expuestos a entornos que les provocan miedo, estrés o confusión.
Para los expertos, la solución pasa por regular, educar y cultivar la empatía. Comprender lo que implica un vínculo genuino con un animal permitirá cuidar a quienes realmente dependen de ese acompañamiento.
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